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Mi CRÓNICA BARCELONESA LAS R A M B L A S uMiKNZA la noche á desperezarse. El vicio desgrefiado echó ya la llave á la tasca. Los últimos arcos voltaicos agitan su luz en sacudidas nerviosas que tienen ruido de alas metálicas. Espesa sombra envuelve los árboles, y á lo largo de las Ramblas, de la parte del mar, sube una ráfaga de aire sano y silencioso. Queda la calle vacía con aspecto de salón enorme, con silencio de iglesia, con recogimiento de sueño. Barcelona duerme. Cuando abra el sol su seno de fuego incendiando la ciudad, reverberando en la bruñida cúpula de la Merced, festoneando las rectas chimeneas, tamizando su luz vibradora y cálida en las anchas copas de los árboles, irán al trabajo los obreros llevando á la espalda el zurrón de sus penas y en su actitud el sello de una raza prudente y laboriosa. La gente del bronce; los barquilleros, eternos solicitantes de gentes para sus barquitas amarradas en el puerto, las horchaterías det- bordando crujidos de faldas de percal planchas, animarán la Rambla de Santa Mónica. Se llenará la del Centro de millares de gorjeadores gorriones, confundidos con las hojas de los árboles, semejando una flora movible, ruidosa, extraña, y de gentes que matan el ocio en las hileras de sillas donde por la noche duerme la churretosa golfería andante. Resonarán las voces de gitanos vendedores de perros, y vigilarán el bolsillo ajeno los timadores que allí sientan sus reales. En ese trozo de calle, donde está el Ateneo, las redacciones de muchos periódicos, el Liceo, se concentrará el movimiento de gran ciudad, y, al obscurecer, la concurrencia se estrujará, correrá, ges ticulará, engrosada por la incesante oleada humana que, á la luz de los escaparates, desagua de la calle de Fernando, trayendo perfume de lujo y como destellos fugitivos de espléndidas joyerías. Al entrar en la Rambla de las Flores, los blanqueros, con la caña del escobillón al hombro, dan una guardia típica; recorriéndola irán los vendedores ambulantes que gritan su mercancía corriendo incesantemente de UQ lado á otro para burlar el arbitrio impuesto a! vende? y. dor fijo. Y como sujetando esta masa, á lo largo de la calle, los sugestivos puestos de flores, que de día parecen vigilados por Girona, el pobre popularísimo, extraño bohemio que á veces se ríe del mundo con el excepticismo de un Verlaine, y los Xanxas y los de la estaca, mientras de noche permanece en pie, entre los puestos vacíos, en un nimbo de luz fatigada que se arrastra bajo el túnel de verdura, el celebérrimo pobre de las piernas cruzadas, con la mano suplicante y dos huecos sombríos y profundos en aquel rostro pálido de miseria. Luego más Ramblas; antes el llano de la Boquería, con los camalichs ó mozos de cuerda y los esquiladores de perros. La de Canaletas, con su fuente de agua fresquísima, su famoso kiosco de refrescos que paga al Ayuntamiento 16.000 pesetas de alquiler anual, y su clásica cuesta de los tontos. La de los Estudios, con su templo de Belén, asilo de la devoción elegante y frivola; el palacio de Comillas, con su jardín más alto que la calle, y sus espléndidos magnolios; otros edificios notables, y la característica de esta Rambla: los puestos de pájaros. Son un encanto. El coro de pájaros retiene al transeúnte. Allí nos detuvimos el otro día: frente á un puesto de un catalán con toda la parla y la zumbona gracia de un andaluz. -Cómpreme alguno, señorito, -decíanos. -Mire usted, esta panalva encarnada y negra, es un Rampolla de luto... Estos pajaritos del Senegal, tan encarnados como la sangre. Cómpreme usted una parejita! ¡Romeo y Julieta se. besan con los piquitos! ¿No le gustan? Aquí hay otros. Véalos. De todas clases. No son del Senegal; son de la Australia. Unos pericos muy monosl Superiores á D. Perico Calderón el de las comedias, y á los pericos que hacen aire. ¿Tampoco? Aquí hay otros muy señores. Todo el cuerpo blanco y el pico lojo como una guinda. Véalos. Se parecen á eBta. noya tan guapa. Y la aludida, colorada como el pico de los calafdks que brincaban en sus jaulas nuevas, se enhebró entre las gentes. El vendedor continuaba: ¿Es usted sanguinario? Cómpreme un degollado. Ahí están. Véalos qué bonitos, con su lista roja en el cuello, como si hubiesen recibido una navajada. ¿Es usted devoto? Pues aquí tengo capuchinos, con su caperuza negra; estos barbianes que hurtan el grano á los pobres morebes, semejantes á estudiantes dé Medicina con los colores amarillo y negro de sus plumas. ¿Quiere usted mariposas de tantos colores? Y si no, aquí hay un regimiento de ministros, con sus cabecitas episcopales de tonos morados, ó estos inseparables de verdes y encarnadas cabezas jCompre, señorl