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I tí? m l LA CRUZ DE E R Y I C T I A LEYENDA TOLEDANA m B. ey Witiza, peniiltimo de la monarquía visigótica, fué prudente y coinedido en los albores de su j gj V reinado, acaso porque la juventud del alma, como la del cuerpo, tiene naturalinente expresiones gallardas y rasgos de belleza; pero á medida que los años le amargaron y las harturas del poder le ensoberbecieron, trocó su cordura en osadía y su prudencia en descomedimiento, Quiso la desgracia que este rey se enamorase de Ervigia, mujer de D. Favila y dama principal de la corte; pero comprendiendo que ni ella había de llevar su vasallaje á los límites de la mancilla, ni contentándose el rey con hurtos de amor cuando aspiraba á su posesión libre y plena, determinó asesinar á su rival para que la viudez de Ervigia le allanara los impedimentos que ofrecía su matrimonio. Así, pues, el rey, enmascarando su malignidad con aparentes recelos políticos, un día convocó en su alcázar de Toledo á toda la nobleza, y cuando la vio reunida subió á su trono, y con voz alterada y grave habló de esta suerte: He sabido que entre vosotros hay uno, cuyo nombre ignoro, que conspira contra su rey; y para descubrir quién sea, apelo á un juicio de Dios que ha de patentizar la verdad de esta manera: mientras yo me cubra los ojos con una mano, lanzaré mi bastón de hierro y de acerada punta con la otra, y aquel á quien hiriere, su delito le castiga, Después fingió el rey cubrir su vistg, con la siniestra mano, en tanto que por entre los temblorosos dedos miraba rencoroso á D. Favila, contra el cual lanzó su arma arrojadiza, cruzándole el pecho. Cayó bañado en su propia sangre D. Favila; la corté se alborotó con el horror de aquella escena; Ervigia perdió el sentido en brazos de algunas damas que le acompasaban, y el rey, derecho junto á su trono, indeciso, tembloroso, sentía que conjuntamente llamaban á su pecho los remordimientos del crimen y las esperanzas del amor. Fingió el rey dolerse mucho de la muerte de D. Favila, no sólo por la traición del vasallo, sino por la pérdida del amigo, y aun cuando los nobles no sospecharon la perfidia que aquel falso juicio de tHos encerraba, fué lo cierto que de aquella conspiración fingida tomaron raíz y aliento conspiraciones verdaderas. II La desventurada Ervigia, que amó tierna y profundamente á su esposo, renunció á todos los amores de la vida para consagrarse al amor divino encerrada en el claustro de un convento; y aun cuando el rey, por muy distintas maneras y con muy repetidas instancias, procuró disuadirla de su intento, nó lo pudo conseguir, porque la dama le respondió: -Mi dueño ha muerto por vuestra propia mano y Tpor juicio de Dios, y puesto que mi rey y mi Dios quieren que sea libre, debo cumplir la pena de la triste libertad que me habéis dejado. Ko pudiendo Witiza vencer la decisión ni entibiar el eotusiasmo piadoso de su amada, y teniendo celos de la divinidad, así como antes los tuvo de un hombre, intentó relajar las costumbres de los sacerdotes para inducirles á todo linaje de desmanes; proclamó arzobispo de Toledo á un pariente suyo y autorizó á los clérigos para que contrajesen matrimonio. Estas enormidades le hacían más aborrecible á los ojos de todo el mundo, y en vez de conseguir con ellas el enfriamiento universal de la fe hasta que llegase al corazóii de Ervigia, logró tan sólo el aboirrécimiento de que sacaban partido provechoso los conspiradores, y especialmente D. Rodrigo, qué aspiraba al trono de España. Cada vez más esclavo de su pasión, y con el deseo más encendido cuanto más contrariado, consiguió Witiza con dádivas y honores ganar la voluntad de alguna monja del convento dónde se hallaba Ervigia recluida, y á favor de esta cómplice penetró una noche en aquella santa reclusión y fué conducido sigilosamente á la celda de la viuda de D. Favila. Cuando se vio la noble dama en presencia del rey, le reprochó que á tales horas llegase furtivamente á visitarla; pero Witiza disculpó su osadía con la belleza tentadora de la dama, y rogándola que olvidase antiguos