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horas y quehaceres: una existencia como de monja coronada. La corte de Bizancio, cuyo nombre evoca ideas de oriental molicie y asiátido lujo, se convirtió, bajo Púlqueria, en dechado de austeridad. Llegamos ya al gran error de Pulquería origen de las únicas tribulaciones y adversidades de su gloriosa vida, que acaso la abreviaron. En este mismo desacierto se ve patente la inclinación decidida de Pulquería hacia lo intelectual, sos preferencias por la gente de talento y cultura, que le dictaron la elección de esposa para su hermano el emperador Teodosio II. Dicea los historiadores enemigos de Santa Pulquería- -y son muchos, pues la emperatriz tuvo contra eí á los nestorianos, arríanos y eutiquianos, -que al escoger la que había de compartir el solio imperial de Oriente, sólo miró Pulquería á tener una subdita más, una persona que ee dejase mandar como el pusilánime Teodosio. Si así fuese, Pulquería hubiese designado á una joven pasiva y sin personalidad, á un ser apático, á una niña obeiHente. Lejos de eso, recayó la elección de Pulquería en una joven de vivo ingenio, de vasta erudición, de arrebatadora hermosura: una Musa, la literata Atenais, hija del sofista Leoncio. Ni aun era cristiana Atenais: para unirse á Teodosio, recibió el bautismo bajo el nombre de Elia Eudoxia. No buscaba Pulquería un instrumento; al contrario, la cautivaron la gracia, la viveza, el entendimiento, la superioridad de la novia. Bastantes años vivieron en paz las dos cufiadas, caso que podría inscribirse entre los milagros de Santa Pulquería. Pero las intrigas del eunuco Crisaflo, mayordomo de palacio, lograron destemplar á Eudoxia, infundiéndola ansia de mando absoluto, y aprovechándose del amor que á Teodosio había sabido inspirar la elegante, docta y discreta ateniense, obtuvo que el emperador intentase primero recluir á su hermana en un convento y después la desterrase. No podía durar mucho el alejamiento de Pulquería. Su moderación, su buen gobierno, su desinterés, la habían hecho popular, Teodosio comprendía que al faltar ella faltaba la base de su trono, la prudente consejera, la amiga, y al pie de las ventanas de palacio diariamente la muchedumbre se amotinaba, clamando por la emperatriz buena, que se gastaba su tesoro en escuelas y limosnas. Tanto creció la efervescencia, tal estado de iotranquilidad se produjo en Constantinopla, que Teodosio, en un arranque de los que suelen tener las personas débiles y versátiles, desterró á Eudoxia, hizo ajusticiar al eunuco, dicen que sofocándole en un baño, y llamó á su hermana para no apartarse de ella jamás hasta morir, dejándola única dueña del Imperio. Realizó entonces Pulquería una original determinación, acaso nunca vista en la historia. Había en la corte cierto general veterano, endurecido en las batallas, largo tiempo prisionero del arriano G- enserico: era hombre de valer, de heroica entereza, celoso de la ortodoxia como Pulquería, entrado en años y viudo. La emperatriz le llamó á su lado, le ofreció el trono y la mano de esposa con la ineludible condición de que respetaría su voto de virginidad. Marciano aceptó, cumplióse el pacto al pie de la letra, y los dos cónyuges- -mejor diríamos los dos socios- -se unieron para continuar la obra de Pulquería: desarraigar del todo la herejía eutiquiana, fundar la unidad del dogma y la doctrina. Santa Pulquería murió á los cincuenta y cuatro años, habiendo imperado feliz y próvidamente cerca de cuarenta. Dejó extirpados, ó al menos confundidos, los cismas de Eutiquio y Nestorio; consolidada la paz; fundadas innumerables iglesias, monasterios y hospederías; dado el ejemplo de ardiente y continua caridad, y en su testamento sus riquezas á los pobres. No existe mayor contraste histórico que el de Santa Pulquería y las otras Augustas del Bajo Imperio, las Eudoxias y Teodoras. EMILIA PARDO BAZAN DTT; if. TOS D E B L A N C O CORIS