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l o Sfcc 0 nE; IOE las venas de esta Santa, á quien veneran la iglesia griega y la latina, corría sangre española, pues fué nieta de Teodosio, que reunió en su fuerte mano los dos Imperios de Oriente y Occidente, y con mayor razón que Constantino, mereció el dictado de Grande. Del insigne abuelo heredó Pulquería la firmeza en el mando, el don de hacer frente, dominándolas, á las tempestades políticas, y el acendrado amor á la ortodoxia católica, por medio de la cual se imponían la unidad y el orden á una sociedad anárquica, minada en todos sentidos por las fuerzas incontables y disgregadas de las tribus sin civilizar que se disputaban los retazos del mundo. Considerando cuan necesaria era Pulquería para hacer salir del caos un nuevo poder, sólo al espíritu de secta podemos atribuir las apasionadas acusaciones que se la dirigen y el verla tachada de ambiciosa. No es ambición, y si fuese ambición no sería vicio el impulso natural de regir y gobernar lo que ser regido y gobernado há menester para salud y prosperidad del pueblo. A Santa Pulquería, como á todo personaje histórico, no la entenderíamos prescindiendo de las circunstancias que la rodearon y del tiempo en que vivió. Ella Pulquería fué la primogénita del emperador Arcadio. Quedóse huérfana á la edad de nueve años, con cuatro hermanitos. Al mayor, criatura apenas llegada al uso de razón, le proclamaron emperador bajo el nombre de Teodosio II. Cuando Pulquería- -el verdadero espíritu varonil de la familia- -cumplió los quince, se vio asociada al Imperio, declarada Augusta y en sus manos delicadas las riendas del Gobierno. ¿Qué cosa más natural? Reina el que para reinar sirve, y la ficción de la superioridad de un sexo sobre el otro se disipa ante los hechos. Pulquería era allí el hombre de Estado, la capacidad. El famoso código de Teodosio, completa, lógica y bien ordenada recopilación del nuevo derecho que venía á sustituir al romano, monumento alabadísimo de los juristas (aunque no lo conocemos entero) se debió á las instigaciones y desvelos de Pulquería. Inspirado en altas miras, el código encerraba disposiciones muy sabias y magnánimas, alguna de las cuales pudiera hoy servir de ejemplo, entre ellas la que establece que no sufra pena de ninguna especie el subdito que difame al emperador ó censure sus actos. Acertaba Pulquería al conceder tan omnímoda libertad. Su régimen era justo; la paz y el bienestar sonreían á sus vasallos: no había por qué temer murmuraciones ni quejas. Una de las atenciones preferentes de la emperatriz fué la instrucción. Sirviéndose indistintamente de los monjes y de los pedagogos griegos, que abundaban, fundó por todas partes escuelas y centros docentes, tal cual podían fundarse entonces. La misma Pulquería se preciaba de estudiosa y docta; estimaba la ciencia, a inteligencia, la sabiduría; era teóloga y legista; no profesaba la fatal doctrina que hace de la ignorancia virtud. Su túnica virginal iba defendida por la pulimentada coraza de Minerva. En la elección de ministros y consejeros no buscó necios ni débiles á quienes subyugar, sino varones de carácter y doctrina. Estas inclinaciones de Pulquería se demuestran, como vamos á ver, en sus actos. Un día solemne, ante inmensa muchedumbre, Pulquería y sus dos hermanas Arcadia y Marina hicieron público voto de virginidad perpetua. El voto fué inscrito en placas de oro, con letras de diamantea, y las placas enviadas al tesoro de la catedral. Prescindiendo del elemento místico, de lo que pertenece al alma, yo veo en la resolución de Santa Pulqueria un rasgo de profunda habilidad política. Siendo ella quien efectivamente gobernaba el imperio, y Teodosio una figura decorativa, sin voluntad, al suprimir las contingencias de aspirar á pu mano y á las de sus hermanas, suprimía un germen de disturbios y conjuras; cortaba el vuelo á concupiscencias y codicias. Desde que formalizó el voto estableció en palacio rigurosa disciplina y método en las