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Sintieron y amaron, enclavadas en sus pedestales con perenne inmovilidad, con la quietud de las cosas inertes. Y el grito pasional de los mármoles vivos era una nota vaga, gemidora, de admirable armonía, de dulce ritmo, como de arpas eolias heridas por los aires jónicos. Era una canción divina la do aquellas pobres estatuas, en las noches primaverales, bajo el cielo esplendoroso, lleno de astros blancos y radiantes; canción que acompañaban el ruido de la fuente, siempre igual, siempre puro como risa de niños; el amoroso ruiseñor, que hacia del plátano un árbol sonoro, un árbol ideal, y el confuso y doliente rumor de la arboleda, masa obscura que gemía en la gran soledad del dolor y de la noche. Y fué un momento muy triste aquél en que sintieron ¡as tranquilas esculturas el horror de algo espantoso y cruel que vino á revelarlas una porción, de bárbaras impurezas. La pareja humana volvió á la glorieta en noche de admirable placidez, de soberana hermosura, de opulencia sideral, en que se alzaba libre y magnífico el canto de amor de las cosas estremecidas. Agrios celos, furores heredados con íntegra barbarie, de los tiempos del hacha de sílice y. de caverna natural; violencias espantosas de fieras hostigadas, pusieron en mano de él el cuchillo homicida, el arma brutal que corta los nudos amorosos de la vida. IJn grito, un chorro de algo tibio que roció los pedestales, una forma. blanca y gallarda que cae como estatua herida, partido el corazón, ahogada en la onda roja que empapa la arena, y otra sombra que huye, sumándose en la una medrosa ráfaga de la noche... ika- ron las estatuas estremecidas- -Ko eolia, á los besos d e U i e u t Í s S q L e l i a v i l f d S í r P T P y -o- P y de vida en los blancos labios dTaquelIrdíofes. arte, muestre su relámpago de Uu DIBCJOS DE MÉNDEZ BRINCA JOSÉ NOGALES