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SEO nei poesía que de u n mod ritmo repos; Y m e p! alma, que pi vigoroso si h u m a n a en rizontes, tie determinan, no se concí que no adq se pierden e. i u, jj j i irisado en que flotan los sueños, en que aletea la gran mariposa azul de nuestra propia fantasía. Por eso no m e río de la vieja leyenda que rodea á las estatuas de u n jardín que conozco, en cuyos naranjos y limoneros se enredan, como rayos de oro, recuerdos gratos, lejanos efluvios de juventud, por mi desdicha desvanecidos. Un círculo de hojes, en todo tiempo verdes y jugosos, limita la glorieta solitaria; una fuente lanza sus chorros blancos, á la redonda, como una palmera de agua, sobre torsos marmóreos, estremecidos, dorados por el limo, lustrosos por la percusión sonora, que acusan entre la bruma el perfil vigoroso de sus músculos de piedra. Un fauno lascivo, u n Apolo gallardo, u n a Venus púdica, u n P a n delicioso en su burlesca apostura Algo del Olimpo ideal, del sagrado monte en que los dioses se coronaban de laurel y bebían con los hombres en la copa de ágata, florida y transparente. Una noche, el ruiseñor que anidaba en u n plátano, rompió á cantar con notas dulcísimas, llenas de amor, encantadoras, acariciantes Y luego, una pareja humana, ardiendo en la m i s m a juventud, en la misma llama inmortal que abrasa al mundo desde el primer día, vino á entonar su amoroso dúo al pie de las estatuas, detrás de los amargos bojes, entre la bruma de la fuente en que la luna trazaba u n iris desvanecido y trémulo Aquel soplo primaveral, suspiro de todos los gérmenes, sollozo placentero de todas las cosas, invadió, como nn puro destello de la g r a n alma, la piedra hecha forma, hecha idea Y las estatuas sintieron y imaron en aquel soberbio desperezo de la Naturaleza eternamente virgen.