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V en el vientre del cual iba á sumergirse. Barriadas de almacenes le ocultaban el resto del fondeadero. La vista del enorme buque concluyó de arremolinarle en la cabeza cuánto le hervía en el corazón. Detúvose un momento, abriendo mucho los ojos. Dentro de cinco minutos estaría allí; dentro de media hora doblaría el cabo; dentro de un mes en Amé. rica, en la región soñada, á la que iba á pedir un pedazo de pan. Y antes de conti. nuar su trote se agachó, y cogiendo un n puñado de tierra lo lanzó contra la musgosa senda con un ademán de ira, como abofeI teándola, gritándola entre rechinamientos de dientes: -iQüédate ahí sola, maldita, y adiós para siempre! II 4 i i Cuando aquella mañana al subir á cubierta, amaneciendo, oyó decir á uno de, los pilotos señalando una ondulación azutosa que cortaba el mar en la lejanía: tquesta térra, siguore el pasajero sintió que su corazón echaba á correr, y aferrado con manos convulsas á la baranda de la borda, clavó sus ojos con fijeza en la lontananza, queriendo horadarla con ellos, volando con el pensamiento, impaciente hasta la línea de crestas que poco á poco iba coronando el í f i ggi sol, mientras el trasatlántico italiano enfilaba la proa, haciendo vía á la costa por una mar tranquila de la que surgía en millones de centelleos la luz. A medida que el vapor se acercaba, detallábase la costa; aparecían, aunque distanciados todavía, sus diversos accidentes, sus cabos, sus ensenadas, sus cantiles, sus bosques. El barco filaba ahora paralelo á ella hasta encontrar puerto, y pasaba así una verdadera revista á la tierra. El suceso agolpaba á estribor gran parte del pasaje, cansado de la monotonía del agua durante días y días; aquel viajero, tan comunicativo durante el trayecto, permanecía aislado junto al timón de reserva, mirando intensamente el panorama que desfilaba en dirección contraria á la del buque. Algún compañero de cámara le interpeló diciendo: Ya está usted en su casa. No le oyó siquiera. Cuarenta años hacía que no divisaba aquella costa que él creía olvidada en los primeros de la emigración, que poco á poco habíase ido agigantando en su mente; que un día de nostalgia, apoderada ya la remembranza de su memoria, le lanzó en el camarote de un trasatlántico, á pesar de! los hijos, de la esposa, de los intereses creados en la nueva patria. Cuarenta años de ausencia. En otro día memorable de desesperación navegaba también por el mismo sitio que ahora, aunque con rumbo opuesto. Entonces tenía la juventud en el alma y en la cabeza, no salpicaba sus cabellos la nieve de la edad madura como al volverlas á distinguir. Esos diez lustros significaban para él el triunfo decisivo, la victoria sobre la suerte contraria, en compensación á las mocedades crueles y amargas que le lanzaron á cruzar el mar; la conquista de una holgada posición social después de un aprendizaje de miseria, su casamiento, la prosperidad creciente, la riqueza conseguida. Allí, en América, dejaba cuanto constituía hoy su dicha: tornaría á un país que así premiaba su honradez y su laboriosidad; pero antes de morirse, aprovechando sus postreras fuerzas, vería por última vez la aldea nativa, respiraría el aire que envolvía sus casas, oiría la campanita de su iglesia, se arrodillaría sobre la tumba de los pobres viejos Volvió de su éxtasis al cesar el balanceo del buque. Entraban en bahía. Poco después, anclado el vapor, un bote le conducía á la población; y apenas desembarcado, cogió febrilmente un puñado de tierra de los jardines del muelle, y besándolo con santo respeto, murmuró saliéndose las lágrimas: ¡Por mal que te portes, no hay más remedio que querertel ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBUJOS DE HUERTAS