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Í XvJ T l K R n J L IvIJLÜRK í f l Í t a de los puertos de mar desde que había servido en la Armada, y sabiendo que el trasatlántico zarpaba á las cinco de la tarde con su cargamento de emigrantes, entre los que él mismo se contaba, comprendió que aquel pitar estridente y largo que venía del lado del agua partía del buque, metiendo prisa á la ca 3 a consignataria para el arreglo de los papeles, y apretó el paso, que se transformó casi en un trote. Llegaba al puerto atravesando los maizales cercanos á la población sin divisarla aún, oculta por una ondulación del terreno, pero presintiéndola muy próxima en las casitas de obreros que empezaban á surgir en la lontananza, en los ruidos de muelle que traía el viento del mar, en los rugidos de las fábricas. En el aspecto cansino, en el jadeamiento del viandante, se le conocía lo largo de su jornada. Aquel cuerpo de campesino joven, revelador del hambre, se rendía. A su rostro pálido y flaco se asomaban á la vez mortal fatiga, hondas penas, extenuación, y sudaba á pesar del aire fresco, adivinándose que sólo la voluntad le hacía trotar. Iba casi descalzo, destrozada la ropa, llevando únicamente consigo ese pobre equipaje de la miseria que consiste en un hatillo de ropa blanca envuelta en un pañuelo y colgada del cayado que descansaba sobre su hombro, cogido por la contera de hierro. El término próximo de su jornada traíale á la mente la elegía de su vida, y por sus venas, enardecidas con la marcha, sentía correr otro fuego más voraz de odio; aborrecimiento que se traducía en una mirada iracunda contra los maizales que atravesaba, contra los árboles que dejaba atrás, contra la población que empezaba á surgir ante su vista, contra el horizonte, contra la tierra, contra todo. Uno por uno recordó el cúmulo de golpes que le lanzaban al abismo de la emigración, á luchar con lo desconocido, lejos de su país natal; recordó la pobre heredad de sus padres embargada por obra y gracia del cacique de la aldea, un avaro sin entrañas; recordó á los que debía el ser, sin el hogar testigo y templo de su dicha honrada, en medio de la calle, llorando ante la puerta cerrada para ellos, y luego la horrible catástrofe, la muerte de los viejos, el egoísmo de sus convecinos, sus inútiles demandas de trabajo en el país, la miseria acosándole, poniéndole al borde del precipicio, empujándole á huir de aquel suelo ingrato que parecía volverse contra él. El muelle surgió de pronto ante sus ojos al remontar un altozano, con su bosque de mástiles meciéndose en la bahía con la pleamar, sus barricadas de mercancías, sus machinas, sus doks, su movimiento incesante de gran tráfico. Amarrado á la boya de la casa consignataria se destacaba dársena afuera el trasatlántico enorme