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Sopla el cierzo terrible sobre la fría, desnuda, asolada estepa. Como nada le estorba ni nada le detiene, corre á través de loa campos ea carrera loca y avasalladora. Los pueblos, muy distantes entre sí, sólo se juntan por los brazos del monstruo que con pavorosos bramidos parece llevar de unos en otros el eco de idénticas miserias. Las noches son obscuras. En las aldeas castellanas no existe el alumbrado. Recógese temprano el pueblo labrador, tan prolífico en ellas como éralo el de París para Napoleón en aquéllas otras noches, noches de placer, con una de las cuales le bastaba para indemnizar á su ejército de las pérdidas de la batalla más sangrienta. De estas noches del siervo también se nutrieron ¡ayl nuestros desastres. Y aún el cierzo, en las madrugadas crueles de Diciembre, escudriña aquí y allá, entre las casitas de adobes, para llevarse los últimos restos de aquella gallarda juventud, cuyo triste fin apenas si algún distraído recuerda! Ni una luz. Ni un ruido. En el invierno no hay trabajo, y la muchedumbre labriega entretiene el hambre con elsueño. Comienza la velada al amor de la lumbre, en la gloria, en la cocina. Con el último chisporroteo de las pajas consúmese la frugal sopa y dícese la última palabra. Suelen dormir los hombres en el sitio más confortable: en la cuadra. Las mujeres se amontonan con sus hijos en informe hacinamiento de sexos y de edades. ¿Qué inconveniente hay en ello? ¿No tienen á veces mucho que envidiar de los animales? Pues así lo hacen la gallina madre y los poUuelos. El invierno es largo. Las noches son eternas. El trabajo, escaso y mal retribuido. Se labora de sol á sol, y hay quien llega á ganar una peseta. ¿Trigo? -No le hay. -El peón no lo tiene. El colono pagó la renta y vendió pronto el resto para salir de trampas. ¿Cómo se vive, pues? -No lo sé. No lo saben ellos tampoco. Es imposible contestar á esta pregunta. Pero ésta es la lucha, y la lucha no acaba nunca. Es decir, sí; acaba con la vida. Y un día el siervo, que E L C A N A L DE C A S T I L L A ha ido dejando en cada surco del arado, y en cada paso de trilla, y en cada carro de mies pedazos de sí mismo, cumpliendo así al pie de la letra el precepto del Evangelio, no puede con la carga. Hace alto en el camino! Descansa. Se muerel Hemos discurrido un Estado para que los hombres convivan en él la vida del Derecho. Estamos orgullosos de nuestra civilización. Predicamos á diario las excelencias de nuestras libertades. Y ahí tenemos sencilla, escuetamente, el hambre y la tiranía primitivas. El campo pide agna. Y no se la dan. La cuenca del Duero ocupa una superficie de 79.000 kilómetros cuadrados, y se riegan poco más de 100.000 hectáreas de cultivo. -No sólo falta el agua. Falta la cultura. La mayor parte de los hombres y casi todas las mujeres son analfabetos en nuestras aldeas. -Y si no hay agua ni cultura, ¿cómo ha de haber dinero, pan, abundancia? -Los estadistas hueros siguen predicando la necesidad de transformar el cultivo. Y el pueblo, hambriento, conquista el pan como puede. Keelus, el famoso Reclus, dice que el hecho capital, puesto en luz por las estadísticas, es que 200 millones de indios se ven obligados á engañar el hambre con una alimentación del todo insuficiente Reclus no conoce á España, no conoce la llanura. Hasta aquí llega la India! Pero tú, lector viajero, sportman, turista, que te detuviste, haciendo un alto en el rápido, interminable mudar de la vida al día; que antes de volver á tus diversiones, al culto de la superficialidad mundana, quisiste acordarte de que eras hombre sujeto á la contemplación dolorosa de la miseria ajena, y me autorizaste á romper por una vez el culto exclusivo de BLANCO Y NKGEO á la Belleza y al Arte, ya has oído y visto por ti mismo la epiopeya viva del siervo que trabaja en la llanura Y ya sabes lo que es esta Castilla, que hace los hombres y los gasta. SANTIAGO ALBA FOTOGRAFÍAS DE HERRERO Y TORRES