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EN LA LLANURA ¡Oh tierra en que nací, noble y sencilla! ¡Oh campos de Castilla, donde corrió mi infancia! Aire sereno! íFeeundadora luz! ¡Pobre cultivo NúÑEz D ARCE EN UN IDII IOB E lAjKEOS, turistas, sportmen, deteneos; haced un alto en el rápido, interminable m u d a r de la vida al día; antes de volver á vuestras diversiones, al culto de la superficialidad m u n d a n a acordaos de que sois hombres sujetos á la contemplación dolorosa de la miseria ajena, y oid u n momento por vuestros propios oídos, y ved u n instante por vuestros propios ojos la epopeya viva del siervo que trabaja en la llanura. E s la llanura de Castilla. Son Las tierras llanas q u e cantó, en admirable canto, el poeta Ferrari. E s La Tierra de Campos, pobre, ignorante, irredimida, que describió el ilustre Macías Pica vea. E s el alma de la nacionalidad. E s el germen de la lengua patria. Es e! granero del pobre. -No le pidáis flores, CAMINO DE LA E R A porque no las tiene. No preguntéis por su música: carece de ella. La Naturaleza no h a podido inspirársela al h o m b r e porque todo es en su seno igual, monótono, uniforme. E x t i é n d e s e la estepa, inmensa, inacabable, infinita, envuelta en el color gris que cubre cuanto se divisa: casas, h o m b r e s animales. E s la compenetración asidua de la tierra y el cultivador. H u n d e éste su arado en las entrañas de aquélla p a r a arran, carie impetuoso el germen de la vida; la tierra abierta, deshecha, pulverizada, inunda al hombre con sus efluvios, tifie su cuerpo, penetra en sus pulmones, le hace suyo. V Son una misma cosa, un mismo aspecto, una misma sobriedad. Idénticos en el estacionamiento, en la impasible quietud, á través de los años y de los siglos. E n el verano cae el sol sobre ella, á plomo, como chaparrón de fuego que broncea á u n tiempo la espiga y el rostro del segador. Arde la estepa. Los aperos de labranza despiden chispas, a b r a s a n la mano del que les coge. Montones de trigo acumulados en la era brillan con fulgores rutilantes, como pirámides de encendidas brasas. Muévense las muías bajo el látigo que chirría sin cesar, perezosas, indolentes, con resoplidos de mortal fatiga. El perro busca una sombra para dor mir al lado del botijo, que cuidadosamente h a apartado del sol el obrero, soñando con u n poco de agua fresca. Todo es calma y reposo en la llanura. Percíbese la augusta majestad de la Naturaleza infinita, t u r b a d a únicamente á veces por el canto sordo de las chicharras, encaramadas sobre los pocos árboles que respetó la crueldad del hombre, ó el dulce piar del pajarillo, que á menudos saltos busca u n charquito de aguas estancadas donde calmar su sed. El m u n d o entero duerme. Xodo, todo duerme, imenos él! El héroe, el siervo, trabaja. Subido en el trillo, manejando la horquilla, guiando el carro; medio desnudo de cuerpo, al aire el brazo robusto, pisando con su propio pie la ardorosa tierra, chispeantes los ojos y bañado en sudor el rostro, curtido y recio, bajo u n cielo azul intenso é iluminado por u n sol que deslumhra, en medio de una escena que es todo luz y todo fuego, parece representación viva del cíclope mitológico, luchando con la Tierra, sujetándola, venciéndola, poseyéndola al fin, señor y dueño de cuanto toca y cuanto ve Meses después la escena cambia. Buscada y elegida la parcela que descansaba en barbecho, prepárala el obrero con cuidadoso afán, como quien p r e p a r a y embellece á la a m a n t e p a r a el fes-