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S 5 vS S o olvidé las palabras de la bañera. Me dijo: Ay, señorito, si usté la vieral y apenas asomaban por el Oriente los primeros fulgores del sol naciente, yo, con ansia de verla, llenó de amores, bajé con los bafiistas madrugadores á contemplar de aquella niña bechicera lo que el traje de baño me permitiera. N Por fin hasta la playa bajó la hermosa, y la impresión primera fué deliciosa: esbelta y elegante, linda y ligera, despidiendo un perfume de primavera; una diadema rubia sobre la frente, y unos ojos que miran lánguidamente. Comprendí las razones de la bañera diciendo: ¡Ay, señorito, si usté la visral Entró en una caseta; quedé anhelante y esperando el supremo feliz instante en que la ninfa hermosa de allí saliera vestida, como es justo, de otra manera; me oculté en ese cesto que de ordinario suele llamar la gente confesonario, porque así la evitaba las emociones que suelen causar ciertas indiscreciones. Por fin surgió la Venus, saltó á la arena, y fué tal el efecto de aquella escena, que tan sólo recuerdo que dé alegría hasta el mismo Océano se estremecía. ¡Qué pureza de líneasl ¡cuánta hermosura! ni en Grecia imaginaron tal escultura. ¡Qué elegancia de traje, qué caprichoso, y qué pantaloncito tan primorosol Yo, al mirarla avanzando con aquel traje, sentí celos y envidia del oleaje. Pero á fuer de curioso, no he reparado en que hay curiosidades que son pecado; por lo cual, y sabiendo que á la conciencia sólo le tranquiliza la penitencia, abandoné aquel cesto que de ordinario suele llamar la gente confesonario, para ir al verdadero, donde está el cura, que es quien puede absolverme de mi aventura. Y si acaso me riñe por tal exceso, para justificarme de mi embeleso, recordando las frases de la bañera, sólo le diré: ¡ay Padre, si usté la viera! CELSO LUCIO