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E L MOKTJ- E IDIFXJ JLXDO AMBiÁíTDOLE el nombre, diríase una figura nuestra, del día, arrancada al agitado medio que en España atravesamos actualmente. El viernes de Dolores de 1835, la católica muchedumbre arrodillada bajo las amplias naves ojivales de Nuestra Señora de París, oía con verdadera unción la santa palabra que brotaba en el pulpito. De bajo el tornavoz gótico descendía una palabra de fuego, ardiente, que pasaba de las dulzuras persuasivas á las conminaciones impetuosas, manifestándose en ella un teólogo profundo y á la vez un poeta tiernísimo. Fué el orador de moda en aquella Cuaresma. Tenía entonces treinta y tres afios, y era un joven de mirada penetrante. Su elocuencia ganó muchos prosélitos al catolicismo. Monseñor Juden, que le había nombrado predicador de la Catedral accidentalmente para los sermones cuaresmales, ya sabía á quién se los encargaba. Aquel orador sagrado, de vivísima fe, que tan honda impresión sabía prodacir en sus oyentes, había quemado, sin embargo, bastante incienso, antes que en los altares del Dios verdadero, en los de la diosa Eazón. El padre Lacordaire, que así se denominaba el predicador de Nuestra Señora, había sido primero el librepensador Lacordaire. Espíritu impresionable y fogoso, su imaginación de adolescente dejóse llevar de esa tendencia, más extendida de lo que se cree en la primera edad, al descreimiento, y su mismo temperamento arrebatado le lanzó á la utopia primero y á la negación después. Tristes horizontes á los veinte años, en que los ojos todo lo ven azull Licenciábase en tal sazón en Derecho, y ya tenía traducido á Anacreonte y escrita una tragedia revolucionaria que él creería de seguro demoledora. A la par ejercía de abogado, resultando una nota saliente en el foro con sus oraciones, verdaderas catilinarias. Berryer, afirma uno de sus biógrafos, le predijo un porvenir brillante. De pronto el viento cambia de cuadrante; Lacordaire, el convencional que hubiera sido de nacer unos afios antes, se eclipsa; su palabra impetuosa deja de oírse en laa frías salas de las Audiencias, y cuando todo el mundo le supone fraguando algún movimiento republicano ó escribiendo algún tratado filosófico, surge un día con la casulla sobre los hombros y el sagrado cáliz en las manos, diciendo misa en un convento de monjas, hecho cura. Y comienza la segunda etapa de su vida, etapa gloriosa para el catolicismo. Tina vehemencia tal y una conversión tardía á la buena doctrina, habían de dar el resultado que dieron: un apóstol, un propagandista incansable. En otros tiempos de persecución hubieran dado un mártir. Su voz como su pluma, puestas al servicio del Evangelio, produjeron entonces obras admirables á las que, con su virtud suprema, debe la celebridad de que goza en el mundo católico. Aún no estaba satisfecho de la nueva senda emprendida, y concluía por vestir el hábito de dominico. Era un carácter. En 1848, proscriptas de Francia las órdenes religiosas, se le elegía diputado por un departamento, y en la sesión inaugural veían con asombro los representantes un compañero suyo, sentado en los bancos rojos, vistiendo las blancas ropas de la orden de Santo Domingo. Su tranquilo valor, robustecido por su palabra vibrante, se impuso. La Cámara le oyó atentamente, fascinada. La causa de la Eeligión quedaba triunfante, y la santa Compañía vuelta á ser considerada como legal. ALFONSO PÉREZ NIEVA