Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Ñ M r- í t i air- iif r j reiterados no tengas miedo, boba; los cásate tranquila de su tío el abad de Gondelle. Eia un oficio piadoso, era un papel de enfermera y de hija el que la tocaba desempeñar por algún tiempo acaso por muy poco. La prueba de que seguiría siendo chiquilla eran las dos muñecas enormes, vestidas de sedas y encajes, que encontró en su tocador, muy graves, con caras de tontas, sentadas en el confidente de raso. Allí no se concebía, ni en hipótesis, ni por soñación, que pudiesen venir otras criaturas más que aquellas de fina porcelana. ¡Asistir al viejecitol Vaya: eso sí que io haría de muy buen grado Inés. Día y noche- -la noche sobre todo, porque era cuando necesitaba á su lado, pegado á su cuerpo, un abrigo dulce- -se comprometía á atenderle, á no abandonarle un minuto. Pobre señor! ¡Era tan simpático y tenía ya tan metido el pie derecho en la sepultura! El corazón de Inesiña se conmovió: no habiendo conocido padre, le pareció que Dios la deparaba uno. Se portaría como hija, y aún más, porque las hijas no prestan cuidados tan íntimos, no ofrecen su calor juve- nil, los tibios efluvios de su cuerpo; y en eso justamente creía D. Fortunato encontrar algún remedio á la decrepitud. Lo que tengo es frío- -repetía, -mucho frío, querida; la nieve de tantos años cuajada ya en las venas. Te he buscado como se busca el sol; me arrimo á ti como si me arrimase á la llama bienhechora en mitad del invierno. Acércate, échame los brazos; si no, tiritaré y me quedaré helado inmediatamente. Por Dios, abrígame; no te pido más. Lo que se callaba el viejo, lo que se mantenía secreto entre él y el especialista y curandero inglés á quien ya como en último recurso había consultado, era el convencimiento de que, puesta en contacto su ancianidad con la fresca primavera de Inesiña, se verificaría un misterioso trueque. Si las energías vitales de la muchacha, la flor de su robustez, su intacta provisión de fuerzas, debían reanimar á D. Fortunato, la decrepitud y el agotamiento de éste se comunicarían á aquélla, transmitidos por la mezcla y cambio de los alientos, recogiendo el anciano un aura viva, ardiente y pura, y absorbiendo la doncella un vaho sepulcral. Sabía Gayóse que Inesiña era la víctima, la oveja traída al matadero; y con el feroz egoísmo de los últimos años de la existencia, en que todo se sacrifica al afán de prolongarla, aunque sólo sea un año, no sentía ni rastro de compasión. Agarrábase á Inés, absorbiendo su respiración sana, su hálito perfumado, delicioso, preso en la urna de cristal de ios blancos dientes; aquel era el postrer licor generoso, caro, que compraba y que bebía para sustentarse; y si creyese que haciendo una incisión en el cuello de la niña y chupando la sangre en la misma vena se remozaba, sentíase capaz de realizarlo. ¿So había pagado? Pues Inés era suya. Grande fué el asombro en Vilamorta- -mayor que el causado por la boda aún- -cuando notaron que D. Fortunato, á quien tenían pronosticada á los ocho días la sepultura, daba indicios de mejorar, hasta de rejuvenecerse. Ya salía á pie un ratito, apoyado primero en el brazo de su mujer, después en un bastón, á cada paso más derecho, con menor temblequeteo de piernas. A los dos ó tres meses de casado se permitió ir al casino, y al medio año, ¡oh maravilla! jugó su partida de billar, quitándose la levita, hecho un hombre. Diríase que le soplaban la piel, que le inyectaban jugos: sus mejillas perdían las hondas arrugas, su cabeza se erguía, sus ojos no eran ya los muertos ojos que se sumen hacia el cráneo. Y el médico de Yilamorta, el célebre Tropiezo, repetía con una especie de cómico temor: Mala rabia me coma si no tenemos aquí un centenario de esos de quienes hablan los periódicos. El mismo Tropiezo hubo de asistir en su larga y lenta enfermedad á Inesiña, la cual murió- ¡lástima de muchacha! -antes de cumplir los veinte. Consunción, fiebre ética, algo que expresaba del modo más significativo la ruina de un organismo que había regalado á otro su capital. Buen entierro y buen mausoleo no le faltaron á la sobrina del cura; pero D. Fortunato busca novia. De esta vez, ó se marcha del pweblo, ó la cencerrada para en quemarle la casa y sacarle arrastrando para matarle de una paliza. EMILIA P A E D O B A Z A N D I B U J O S DB M É N D E Z BILINGA