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í f I I V A KT R O jo se hablaba en el país de otra cosa. Y ¿qué milagro? ¿Sucede todos los días que un ochentón vaya al altar con una niña de quince? Así, al pie de la letra: quince y dos meses acababa de cumplir Inesiña, la sobrina del cura do Gondelle, cuando su propio tío, en la iglesia del santuario de Nuestra Señora del Plomo- -distante tres leguas de Vilamorta- -bendijo su unión con el Sr. D. Fortunato Gayoso, de ochenta y tres y medio, según rezaba su partida de bautismo. La única exigencia de Inesiña había sido casarse en el santuario; era devota de aquella Virgen y usaba siempre el escapulario del Plomo, de franela blanca y seda azul. Y como el novio no podía, ¡qué había de poder, malpocadiño! subir por su pie la escarpada cuesta que conduce al Plomo desde la carretera entre Cebre y Vilamorta, ni tampoco sostenerse á caballo, se discurrió que dos fornidos carretones de Gondelle, hechos á cargar el enorme cestón de uvas en las vendimias, llevasen á D. Fortunato á la silla déla reina hasta el templo. ¡Buen paso de risa! Sin embargo, en los casinos, boticas y demás círculos, digámoslo así, de Vilamorta y Cebre, como también en los atrios y sacristías de las parroquiales, se hubo de convenir en que Gondelle cazaba muy largo, y en que á Inesiña le había caído el premio mayor. ¿Quién era, vamos á ver, Inesiña? Una chiquilla fresca, llena de vida, de ojos brillantes, de carrillos como rosas; pero qué demonio; ¡hay tantas así desde el Sil al Avieiro! En cambio, caudal como el de D. Fortunato no so encuentra otro en toda la provincia. El sería bien ganado ó mal ganado, porque esos que vuelven del otro mundo con tantísimos miles de duros, sabe Dios qué historia ocultan entre las dos tapas de la maleta; sólo que ¡poh! ¿quién se mete á investigar el origen de un fortunón? Los fortanones son como el buen tiempo: se disfrutan y no se preguntan sus causas. Que el Sr. Gayoso se había traído un platal, constaba por referencias muy auténticas y fidedignas; sólo en la sucursal del Banco de Auriabella dejaba depositado, esperando ocasión de invertirlos, cerca de dos millones de reales (en Cebre y Vilamorta se cuenta por reales aún) Cuantos pedazos de tierra se vendían en el país, sin regatear los compraba Gayoso; en la misma plaza de la Constitución de Vilamorta había adquirido un grupo de tres casas, derribándolas y alzando sobre los solares nuevo y suntuoso edificio. ¿Ko le bastarían á ese viejo chocho siete pies de tierra? -preguntaban entre burlones é indignados los concurrentes al casino. Juzgúese lo que añadirían al difundirse la extraña noticia de la boda, y al saberse que D. Fortunato, no sólo dotaba espléndidamente á la sobrina del cura, sino que la instituía heredera universal. Los berridos de los parientes, más ó menos próximos del ricachón, llegaron al cielo: hablaban de tribunales, de locura senil, de encierro en el manicomio. Mas como T Fortunato, aunque muy acabadito y hecho una pasa seca, conservaba íntegras sus facultades y discurría gobernaba perfectamente, fué preciso dejarle, encomendando su castigo á su propia locura. Lo que no se evitó fué la cencerrada monstruo. Ante la casa nueva, decorada y amueblada sin reparar en gastos, donde se habían recogido ya los esposos, juntáronse armados de sartenes, cazos, trípodes, latas, cuernos y pitos, más de quinientos bárbaros. Alborotaron cuanto quisieron sin que nadie les pusiese coto; en el edificio no se entreabrió una ventana, no se filtró luz por las rendijas: cansados y desilusionados, loe cencerreadores se retiraron á dormir ellos también. Aunque estaban conjurados para cencerrear una semana entera, es lo cierto que la noche de tornaboda ya dejaron en paz á los cónyuges y en soledad la plaza. Entretanto allá dentro de la hermosa mansión, abarrotada de ricos muebles y- de cuanto pueden exigir la comodidad y el regalo, la novia creía soñar; por poco, y si nadie la mirase, capaz se sentía de bailar de gusto. El temor, más instintivo que razonado, con que fué al altar de Xue? tra Señora del Plomo, se había disipado ante los dulces y paternales razonamientos del anciano marido, el cual sólo pedía á la tierna esposa nn poco de cariño y de calor, los incesantes cuidados que necesita la extrema vejez. Ahora se explicaba Inesiña los