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iiijos ae otra mujer iDan a suceaer en ei trono, y además, la vida de Constantino, que entonces tenía dieciocho años y se había señalado por su bizarría y arrestos, corría peligro. Galerio le preparó arteramente varias emboscadas, de las cuales se libró, como por milagro. Su valor, su intrepide 2, le hicieron, sin embargo, tan popular entre las legiones así que apareció, en los campos de batalla al lado de Constancio Cloro, que cuando éste expiró, á una voz le proclamaron Augusto, quedando excluidos del trono los principes hijos de Constancio y Teodora. Elena trató á estos alnados, con tal dulzura y benignidad, que prestaron obediencia á Constantino y j a m á s le suscitaron dificultad alguna. Constantino, tan hábil político como capitán, se había propuesto ser el seíaor abe iluto del mundo; y mucho tiene de providencial el hecho de que el mozo de quien tantos s; uisieron desembarazarse, burlase todas las asechanzas, venciese á t o d p s sus enemigos, aplastase á todos sus competidores, se librase de cuatro socios en el Imperio, derrotando al valeroso Majencio y al tenaz Licinio, y asumiese, como en los buenos tiempos del cesalismo, el omnímodo poder, que le dio facultades para hacer al universo cristiano. Lo curioso es que el hijo de Santa Elena no fué de la madera, no ya de los santos ni de los mártires, sino ni aún de los justos. Sobre su moralidad habría mucho que, decir. Compleja su figura, tanto ó más qué la figura de Julián el Renegado, no solamente le vemos, después de tremolar el lábaro, sacrificar como pontífice en el, templo pagano de la Concordia, sino dilatar el bautismo hasta la hora d é l a muerte, y recibirlo, de un obispo tildado de arrianismo. Por eso nos parece pueril dilucidar si Elena convirtió á Constantino, Ó Constantino á Elena. E s indudable que donde el hijo vio el desarrollo de un vasto plan que le hiciese poderoso sin rivales- -la colosal aspiración cesárea, -la madre vio el consuelo, la luz, la fe, una compensación á los dolores del pasado y del presente. Del presente: porque la madre del emperador, la venerada señora á quien Constantino rodeaba de honores y prodigaba á manos llenas el oro para que lo gastase como quisiese en limosnas y obras pías, tuvo que asistir estremecida de horror al espantoso drama de familia, que desgarró su corazón para siempre y la llevó á buscar en Cristo el confidente y el consolador supremo. En el palacio imperial se reprodujo el caso de Fedra: la emperatriz, segunda mujer de Constantino, acusó al hermoso Crispo, hijo del primer matrimonio, de incestuosa pasión: en vano intercedió la anciana abuela, deshecha en lágrimas, convulsa de pena: Crispo fué entregado al verdugo; y cuando ya tarde se evidenció su inocencia y la culpa de la madrastra, Constantino ¡extraño cristiano! hizo morir asfixiada á su esposa, cuyos desórdenes no había querido ver antes. Así Constantino, matador de su hijo como Pedro el Grande y Leovigildo, se colocó más allá del bien y del mal, fuera, por decirlo así, de lo humano. Este cuchillo llevó clavado en las entrañas Sania Elena, y acaso la necesidad de consuelos sobrehumanos la impulsó á emprender el v ¡a; e á Palestina. Hizo verdadero viaje de emperatriz cristiana; pasó derramando larguezas, alzando templos, fundando hospitales, como si festejase el advenimiento al mundo de aquella Cruz que iba á descubrir. Los que han puesto en duda la atitenticidad de las reliquias inventadas por Santa Elena, no observaia que el plazo era relativamente muy breve: sólo ha bían transcurrido tres siglos y medio desde la I asión. A pesar de vicisitudes y guerras, los testimonios subsistían, fáciles de comprobar casi puede decirse que vivos. Adriano había colocado en el Calvario la imagen y santuario de Venus, en e) Santo Sepulcro los de Júpiter. Elena sustituyó estos monumentos con iglesias y capillas, reedificó, exploró, hizo labor de arqueólogo y de arquitecto á la vez. Según líicéforo, edificó u n templo en el Calvario, otro en el Santo Sepulcro, otro en la gruta de Belén, otro en Getsemaní. E n Galilea, en el sitio donde se realizó la multiplicación de panes y peces, erigió la basílica llamada de los doce tronos; y en Tiberiades, en Cana, en el Tabor, en Kazaret, construyó sin descanso. Santa Elena e s la iniciadora, la primor enamorada de los Santos Lugares; de ella, de su entusiasmo, de su celo, procede todo el impulso de la Edad Media, el torrente heroico y romántico de las Cruzadas. La coronación del viaje de Santa Elena fué el descubrimiento de la Cruz, con todos los instrumentos de la Pasiiin, sepultada en el monté Gólgota. Con la historia del precioso leño se pueden llenar las páginas de un grueso libro. Sólo recojo un detalle, manifestación de la influencia de la Cruz. E r a suplicio muy frecuente, usual para los reos de delitos comunes; Constantino lo abolió, y una de las costumbres más crueles y horrendas del mundo antiguo desapareció al aparecer el Lignum, sobre el cual se posaron los fervoroso. labios de Santa Elena. E M I L I A P A E D O BAZÁ: sr