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ELEN X V m DE A G O S T O fó iqí I Santoral da á la madre do Constantino el título do Fj upcraC l l tfii -L a crítica se lo regatea. E n la imposibilidad de demostrar palmariamonto que Santa lílena fué Emperatriz de verdad, en la estricta acepción de la palabra, dejémosle sólo su incontestable aureola de mujer de bondad incomparable y enérgica iniciativa, y de bienaventurada. De todos modos, pocas santas habrá que desempeñen papel más señalado y decisivo en la historia religiosa que Santa Elena. Ella consagró el triunfo de Cristo; con ella brota un germen del porvenir, la aurora de la Edad Media; por lo cual esta Santa, nacida en el siglo III de la Iglesia, tiene todo el encanto de una figura gótica, el nimbo dulce y dorado de las Isabeles de Hungría y Portugal. Los cronistas y biógrafos no están conformes acerca del lugar de su nacimiento, ni la familia de donde procedía Santa lílena. ü n prurito semejante al do los que quisieron cantarle á María Magdalena el Oficio de las vírgenes, haco á los historiadores eclesiásticos y á muchos hagiógrafos atribuir á los santos el más claro origen y la más ilustre prosapia. El padre Croisset, visiblemente mortificado cuando tiene que confesar, V. gr. que las mártires Justa y Rufina vendían cacharros, no se contenta con menos que hacer á Santa Elena hija de un supuesto rey do una isla de la Gran Bretaña. Sin embargo, autores anteriores al Padre Croisset, de épocas en que no era sospechosa la ingenuidad, no han vacilado en decir que Santa Elena, como otras muchas mujeres que después ocuparon el solio imperial de Occidente ó de Oriente, tuvo humildísima procedencia, que Constancio Cloro, entonces oficial de la guardia pretoriana, la encontró en una posada de Bitinia, naciendo de su unión Constancio el Grande, llamado á declarar oficial y legalmente la existencia del cristianismo, á sancionar el hecho culminante de la historia. A decir verdad, el nombre de Elena antes parece griego que británico. Si el matrimonio vino á legitimar la unión do Constancio el Páhdo y de Elena, cuestión es que también se debate; pero lega! ó ilegal, fué unión sólida y bien cimentada por el cariño que los contrayentes so profesaron y por la pena que Constancio, hombre de altas cualidades de templanza, carácter y virtud, demostró al tener que romper el lazo, cuando al abdicar el imperio Diocleciano y Maximino Hercúleo fueron promovidos á la dignidad de Césares Galerio y Constancio Cloro, y éste se vio forzado á repudiar á Elena, separarse de su hijo y desposarse con Teodora, hijastra de Maximino. El trance debió ser amargo para Elena; el rudo golpe la hería como amante, como esposa, como madre. IJOS T