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EL WA G- El TEKLAI: v IDE J L C E R O AS circunstancias por que atravesamos han hecho resucitar su nüemoria. Más de medio siglo va transcurrido desde aquellos días difíciles en que el título del Duque de Valencia estaba en Espafía en los labios de todo el mundo, ya balbuceado con terror, ya, pronunciado con la ansiedad de la esperanza, y aún el nombre del general Narváez, que lo llevó, se evoca en la política y da juego en los periódicos satíricos y vive en la memoria de la nación; y eso que sucedidas las generaciones, son menos hoy los que le conocieron por haber sido contemporáneos suyos, qué los que saben de su vida por lo que de ella ha pasado á la posteridad. La guerra carlista de los siete años, dé la cual han surgido nuestras primeras figuras militares contemporáneas, dio de sí entre las más salientes la de cierto coronel de infantería, ceñudo de cara y avinagrado de gesto, con unos magníficos bigotes de cepillo, con un valor á toda prueba y con una cabeza tan dura, que á no haber sido por el acento andaluz cerrado, hubiérasele supuesto nacido en los aragoneses terrones. Hay que tomar aquella altura! Y aquella altura que mandaba tomar el general, hallábase erizada de facciosos. Allí estaba el regimiento de la Princesa con Narváez al frente, y la altura se tomaba. Pero no sólo entonces había que ver al jefe y al hombre, que ál fin y al cabo el arrojo personal es característico en nuestro ejército. Época movida por ideales nuevos que luchaban buscando el triunfo, llegaban á veces sus sacudidas hasta el soldado, sembrando en él la mala semilla de la insubordinación. Y Narváez, en quien el soldado tenía un verdadero padre, que no comía en campaña hasta que veía comer al soldado, fruncía hasta juntarlas sus cejas peludas, y solo en medio de un regimiento sublevado, hacía fusilar á los revoltosos por sus mismos compañeros. Pero en la casaca azul del antiguo coronel cristino latía algo más que un militar, latía un político de altos vuelos, dotado, sobre otras inapreciables, de una cualidad que si es siempre necesaria, era imprescindible entonces, en que loa Poderes constituidos tenían que luchar en el campo con la guerra y en las calles con la conspiración: la voluntad firme y entera, no doblegada nunca ni por súplicas ni por halagos ni por amenazas. Bajo él, jamás conoció nadie que no obedeciera sus mandatos. Por encima de él, á pesar de su monarquismo, supo hablar á su soberana con su ruda pero leal franqueza de soldado, agradárale ó no su opinión. En 1844 ocupaba por primera vez la presidencia del Consejo de Ministros; én 1867 sentábase por última en tan alto puesto. Entre esas dos fechas debió de hacerle variar la modá él uniforme, siguiendo la evolución experimentada por la indumentaria del Ejército. Es lo único que cambió en el general Narváez: la ropa. La musa satírica colgóle un calificativo queliegó: á hacer fortuna y que no deja de ser gráfico y bien puesto: le llamó el espadón. Pero semejante adjetivo, inventado por la pasión política en días de efervescencia popular, con ánimo de zaherir al general Narváez; liego más allá de los propósitos de quien lo lanzó á la plaza pública, sin que su mismo autor pudiera calculaílo. Al cabo de los años, el calificativo ha venido á ser un símbolo, uña semblanza del que fué jefe del partido moderadói- rével a las indomables energías de aquel hombre que, rigiendo una nación humilde coiíió: la nuestra, empobrecida y agotada, tuvo la bravura de despedir á un embajador de una potencia formidable, poniéndole el coche á la puerta de su morada y dándole veinticuatro horas de plazo para marcharse. ALFONSO PÉREZ NIEVA L