Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
X. ¿Quién es élf Y así por el estilo, hasta veinti. ciuco apartados de que se compondría, por lo menos, la narración del crimen. La Providencia, que, aquella. mañaiia. óñsíinábas, e. fin jmani eatars. e. p al reportero novel, dispuso que acertase á, pasar por allí el hermano de Awforew, que vi óiél; cielo abierto al hallarse, cuando menos lo esperaba, con auxiliar tan valioso. -Mira- -le dijo- yoy corriendo á la redacción para ordenar y dar forma á estos apuntes; he de escribir largo y tendido. Lo sé casi todo; pero cuando hayas averiguado lo que falta y veas en qué para ésto, ve á decírmelo, para que pueda yo concluir y redondear el trabajo. Ysin esperar la contestación de su hermano, montó en la bicicleta, 4 e C (Ue no puede carecer hoy ningún noticiero que se estime, y que Antonio había dejado arrinconada en el porta y ¿ató á. la redacción como un rayo. Por supuesto que Antonio tenía ya- la nóvela en su cerebro; la. veía tan clara como si la hubiera presenciado. Con tal claridad la veía, que hasta se adelantó. á ponerle un título muy modernista y muy sugestivo Los dramas del dm r. El cuadro resultaba de un efectismo teatral incomparable: aquí, la dama, que era por supuesto hermosísima (sobre este, punto fundamental no se admitía ni observación, ni réplica) hubiese convenido á la emoción estética que la tapada misteriosa perteneciese á la buena sociedad (esto viste miicho en tales noticias) por sí ó por no, Antonio procuraba incluir á la heroína del suceso, en la susodicha buena sociedad, valiéndose de habilidosas reticencias enderezadas á picar la curiosidad del lector, y principalmente de la lectora; allí, frente á frente, dos rivales, ambos devorándose con las encendidas miradas y disparándose mutuamente sendos pistoletazos... Aquello ¿quién lo duda? era un admirable final de acto segundo; un tdbleau con su telón rápido correspondiente. Verdad que en él no cabían racionalmente las figuras dejos niños, porque no parecía verosímil que ninguno de los actores les llevara á presenciar espectáculo de esa índole; pero ¡bahl tiempo habría de sobra para dar al trabajo los últimos toques en capítulos sucesivos, que para eso y para mucho más daría pie tan interesante suceso. Por de pronto, lo neces arip era enviar á las cajas las primerasxuartillas. Y allá fueron las primeras y las segundas, y otras, y otras, en que se desenvolvía muy artísticamente y con interés cada vez mayor el novelesco y conmovedor relato. Por el capítulo titulado La tapada del coche iban ya los cajistas cuando pene -ró f imo un huracán el hermano de Antonio. -Hombre- le gritó éste, -llegas muy á tierapo; ¿has averiguado quién es 3. tapada? -Sí, chico, sí- -respondió el recién llegado, -la tapada del coche es tu mujer. Caracoles! -gritó Lumarmí dando un brinco, á cuyo impulso se derramó so Ore las cuartillas el contenido del tintero. -No hay caracoles que valgan; la señora del coche es tu mujer, como te he dicho. Carmen estaba de visita en casa de vuestra amiga la viuda de J oro, cuando uno de los niños, jugando con unas cápsulas de revólver, que sabe Dios cómo habían llegado á sus manos, produjo las dos detonaciones que alarmaron á los vecinos. Los chicos se hirieron levemente; la madre se acongojó, y Carmen, la única que conservaba serenidad, después de haber hecho volver en sí á su amiga, fué en busca de San; pedro, el médico á quien tú conoces y que vive allí cerca. Ahora mismo ha vuelto á a casa con el médico; me ha viíto; me ha contado lo sucedido, rogándome que viniera corriendo á enterarte, porque lo que ella ha dicho: Como ese es así, le creo muy abonado para hacer alguna tontería. La tontería; por desgracia, e s t a b a hecha. El relato sensacional de El crimen de Iwy (y en intencionado paréntesis: Los dramas del amor) había sido impreso en la edición de provincias, edición que había ido ya á Correos. Esté claro que el drama, que no era drama; la narración del crimen en que no había crimen, no se publicó en la edición de Madrid. Ni á los lectores de provincias se les dio la ampliación prometida para cuando lo permitiese el secreto del sumario. Se procuró no decir una palabra más sobre aquel gazapo de Antonio. La cosa, sin embargo, cundió poco á poco, y al cabo Lumarmí, á cuya esposa conocía ya todo el mundo con el apodo de La tapada del coche, tuvo que renunciar, con harta pena suya, á la profesión de reportero, con sobra de entusiasmo emprendida. A. SÁNCHEZ PÉREZ DIBUJOS DE ALBERTI