Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
SÓYELAS EELÁMPA 03 CORJL 2: OKr TiLRÜTO Al aquí está ya el talón de la berlina cama. Mañana á las tres de la tanle partimos de la quinta en el familiar, y á las cuatro en el tren. ¡Qaiera Dios que nuestro viaje nos sirva de a, lgo, Pedro! -Y nos servirá, Mari- Joseía. ¡Ten o grandes esperanzas! El contacto con la naturaleza despertará t- u alrníi. ¡E- 5 la madre tierral- -La suya no era así. Si de algo pecaba nuestra hija, que en gloria esté, era de excesivamente sensible. Yo no sé si como murió siendo Laurita una niña y V- j ha crecido ésta sin esa sombra bendita- ¿Y tú, su abuela, no signiScas nada? No, no es eso. Es ¡no sé lo que es! Lo que sé es que nuestra nieta ha llegado á los quince años con una dureza de corazón que me espanta. ¡Si lo tiene! que quizás carece de él. Es cruel, inconmovible. Cuando monta á caballo fustiga sin piedad al animal. Pega porque sí: á los perros que toman el sol, á los gatos que vienen á restregarse en sus piernas. Ayer visitamos el hospital del pueblo. Por casualidad presenciamos la llegada de un obrero moribundo, medio deshecho por el volante de una máquina. Lo vio curar impasible, con su sonrisa irónica y glacial. Aquí viene. ¡Hola, abuelitos! ¿Pero de dónde sales, que traes el vestido lleno de plumas? -De cortar el pescuezo y desplumar con la cocinera dos gallinas para la comida de hoy. -Nos v a á hacer el gran día. El sol sale espléndido. ¿Estamos más altos que las nubes, Pedro? Laurita, asómate, hija mía. ¡Mira que espectáculo tan maravillosol- -Es el amanecer de la montaña de Montserrat: la niebla. Parece ésta ventana de nuestra celda la barquilla de. un globo. Mirad arriba: una lluvia de luz. Abajo, nada. Una masa blanca que se lia tragado los montes. Pero esperad un poco. ¿Eh? ¿qué tal? Los rayos de sol empiezan á horadar la bruma. ¡Oh! ¡liermosísimo! ¡Qué desquebrajamiento! Ahora es una inmensa tela de araña que se rompe en mil velos flotantes y se quedan prendidos en los árboles y en las rocas. El paisaje surge. He ahí el Llobregat. El monasterio. Esa casita es la Cueva de la Virgen. ¿Exageraba? ¡Adinirable, Pedro! ¿Quién no se siente conmovida ante estos cuadros de la Naturaleza? -Papá abuelo: y esos borricos que veo ahí bajo junto á esa fuente, ¿para quién son? -Para nosotros. ¡Qué bien! Llevaremos ráerienda. ¿Y dónde vamos á ir? -A la ermita de San Jerónimo. -Pues me voy á poner el sombrero. Lo que no tengo es látigo. En íin, ya me cortarán esos hombres que cuidan de los burros una buena vara. No le ha hecho efecto alguno esta salida del sol, Pedro. ¡Y a lo he visto, por desgracia! j iii; v. -Tres meses largos y un capital gastados inútilmente; nuestros estómagos estragados de las cocinas de la fondas; y todo, ¿para qué? Vuelve tan de mármol como se marchó. El mar de Hielo, el Vesubio, los museos de Roma y Florencia, ¡de valiente cosa han servido! Ni la Naturaleza ni el Arte han hecho mella en su espíritu. ¿No es cierto, Mari- Josefa? -Abuelos, ¿todavía tomando el café? Visita tenemo. ¿Quién?