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bro la cual se h a n formado j a r d i n e s a l a inglesa. Bien lo g r u ñ e el mar, y b i e n trabaja por recuperar lo que r fué legítimamente suyo! Sólo e n los días de toros va la gente á sentarse al- rededor de l a e s t a t u a de Oquendo. E n los restantes del año prefiere ir á la Oonclia, caldeada por el sol desde que Bale h a s t a que se pone, y s a t u r a d a p o r los grasientos olores d e los guisotes que los bañeros h a c e n p a r a su cena en la playa, y e n los sótanos de los hoteles del paseo los ¿oocineros de la a l t a sociedad. i lU H a y que decirlo de una vez. Veranear n o es i r á San Sebas 4 tián á hacer poco más ó menos i j la vida de Madrid; á visitar como de cumplido la playa, I permaneciendo e n ella una hor a al día; á d e s d e ñ a r loa cuadros maravillosos del mar en sus bonanzas como en sus t e m p e s t a d e s á regenerar á E s p a ñ a en el G r a n Gasino; á no pisar los sitios más encantadores, p a r a n o salir de los ESTATUA I J E L más vulgares y menos higiénicos. Veranear os sacudir durante una temporada la, vida ordinaria; olvidar diez meses del año en dos; embriagar los pulmones de aire puro y el alma de emociones nuevas. ¿Que cansa l a playa? Al lado está el puerto con su trajín constante de lanchas que salen v a c í a s y entran cargadas de pesca. Ver A V Al. MIRANlTÍ OQtlENnO BUS múltiplos maniobras es u n encanto. El pescador descarga y calla. La pescadora trajina y riñe. El varón vascongado es parco en palabras. L a hemb r a vascongada es la hembra de todas l a s razas; inquieta, parlanchína, gritadora. Sus voces se oyen más que los chirridos de las grúas que hacen la descarga de los buques, y se confunden con los alaridos que lanzan las sirenas de los vapores cuando salen del puerto h u y e n d o espantados de la gritería que levantan las mujeres del muelle en el reparto de la pesca. Y á cinco kilómetros está Pasajes c o n su b a h í a ideal, donde los grandes trasatlánticos fondean p a r a descanso de sus i n m e n s a s caminatas, y donde las famosas bateleras, inmortalizadas por el dramaturgo i n o l v i d a b l e brindan asiento en sus bateles para llevar al expedicionario á cualquiera de los t r e s Pasajes, que por su posición y h a s t a por su separación recuerdan el final de la popular octava de Espronceda; Y ve el capitán pirata, sentado alegre en la popa, Asia á un lado, al otro Europa y allá, á su frente, Stambul. j F O T O r U A F i Aíi ANOKI, M A K Í A CASTELL VISTA UE P A S A J E S