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írvi. í I. V- i i 1. 1 ííTII BIS LA CASETA REAL ALREDEDORES DE MIRAMAR í r iiAl LKIA DE HAiNÜ DE LA HLKi A PALACIO DB. LA DIPUTACIÓN de playa, de campo en los hermosos parques de su palacio, pero siempre a l a vista del Cantábrico, recibiendo sus caricias frescas y bienhechoras, y disfrutando de sus espectáculos sorprendentes. Se dice por los que no conocen bien San Sebastián, esto es, por los rutinarios, que no tiene este pueblo vistas de mar, porque en la Concha las corta el islote de Santa Clara, y en la Zurrióla las limita el monte Ulia. Pero tiene un castillo que, si como fortaleza es digna del cafión de Barba Azul, como punto de vista es un balcón ideal. Le da acceso un buen camino, que suben sin fatiga los que tienen el excelente gusto de ver el siempre bravo y rugiente Cantábrico, sin más límites allá en el fondo que el horizonte, el Machichaco á la izquierda y la costa francesa á la derecha. Lo smart no ha subido nunca al castillo. ¿Qué importa que el cuadro que desde allá arriba se contempla sea grandioso, deslumbrador? No es moda subir. La naturaleza es una cursi. Hay que despreciarla. Todavía es más tirana y cruel la rutina. La plaza de Guipúzcoa es una de las plazas más bellas de San Sebastián. En ella ha sentado sus reales la Diputación, levantando un palacio suntuoso y rico, digno de su honorabilidad. Lector: si visitas San Sebastián, no te marches sin entrar en ese palacio. Admirarás dos cosas en él: una suntuosidad regia que ha costado poco dinero, y una administración modelo. La primera es fruto de la segunda. Bien que ya habrás admirado ésta si has andado por los caminos de la provincia. Carreteras más üermosas y mejor cuidadas no las habrás visto en parte alguna. No hay un solo pueblo en toda Guipúzcoa que no tenga la suya. ¿Puede decir otro tanto alguna otra provincia de las de fuera de la región vascongada? Pues bien; ni una sola de esas vías de comunicación que cruzan la provincia como los hilos de una malla, es obra del Estado. Todas las ha hecho la Diputación, y ella las conserva á su costa. Los que desconocen la administración del país vasco, son los que hablan de irritantes privilegios Qué más pudiera desearse para bien de España sino que las demás provincias pudiesen y supiesen administrarse como las Vascongadas! Corporación que tan sabia y honradamente rige los destinos de una provincia, bien puede permitirse el lujo de tener un palacio como el que posee la Diputación de Guipúzcoa en la plaza de su nombre. Encierra esa plaza en su centro un parque delicioso que recuerda los jardines de los cuentos de Hoffman. Sus gigantes castaños de Indias proyectan sombra hermosa; el agua de sus cascadas corre por entre bosques de flores; todo es idílico, arrobador. Y, sin embargo, si alguna gente entra allí, es de la de alforja al hombro, que va á ver cómo dispara el cafioncito de bronce, herido su fulminante por el rayo solar que atraviesa la lente cuando el astro- rey pasa en triunfo por el meridiano, ó cómo brujulean los peces bajo el cristal de los estanques. Tampoco es distinguido ir á la plaza de Guipúzcoa; para qué! Que lo es pléndidamente bello se humille pidien do un poco de favor al despotismo de lo rutinario, y entonces se proveerá. No lejos de la plaza de Guipúzcoa está abandonado, doliéndose de igual postergación, el paseo de la Zurrió la, espacioso, lindísimo; el mejor, acaso el único paseo de verano de San Sebastián. Orientado al Norte, sombreado, céntrico, con vistas al mar. Presídele la estatua de Oquendo, y diz que al gran almirante le falta poco para tirar con rabia la tizona y la bandera, indignado de que se le deje en tan espantosa soledad. Es un paseo hecho sobre terreno que robó al mar la feliz y siempre fecunda iniciativa del i n o l v i d a b l e marqués de Salamanca. Viven todavía los que vieron al Cantábrico dueño y señor de lo que hoy es explanada inmensa so- PLAZA DE GUÍPUZCOA