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l Ü i llegando á Madrid, aunque todavía muy amortiguado por la distancia, liiji si seo del gran ruido de París, formado por las bocinas de los innumerables automóviles que recorren sus calles, y cuya velocidad vertiginosa constituye la pesadilla do los transeúntes y la preocupación de los periódicos. l? aro es el día que la Morgue no ofrece á la curiosidad de sus asiduos- -pues hay público para todo, ¡hasta para los depósitos de cadáveres! -media docena de despanzurrados, víctimas del automovilismo, eu las cuales no ha podido hacer la muerte mayores destrozos, á pesar de venir á una marcha de muchos kilómetros por hora. Aun en estos casos fortuitos es ventajoso el piogreso; porque los atropellados por los antiguos medios de locomoción, deíde la humilde cabalgadura del labriego al lando de doble suspensión del aristócrata, quedan por lo general mal heridos, sufriendo una agonía cruel de dolores agudísimos, ó cuando mejor, lisiados, que es una agonía sin dolores; mientras que los arrollados por los modernos vehículos sxi cumben sin darse cuenta siquiera del peligro; el tren, no sólo trunca instantáneamente los miembros, sino que los desmenuza y los hace desaparecer entre sus excéntricas y bielas; el automóvil fractura los huesos y lamina los tejidos. Siempre es un consuelo. Porque así como todos los dolores son pocos si con ellos se rescata la vida, y después de rescatada se recuerdan con fruición haciéndola más placentera, debe de ser triste, tristísimo tener que sufrir mucho para lograr la muerte. Hasta las máquinas dedicadas á matar, no por casualidad, sino porque esa es su misión- ¡parece mentira que esto se hable en el siglo xx! -deben al progreso una reforma generosa: la de haber abreviado el tormento. ¡Buena diferencia del ingenioso aparato eléctrico con que en los Estados Unidos se ajusticia instantáneamente á un condenado como herido por el rayo divino, y nuestro primitivo y bárbaro garrote, ante cuya siniestra perspectiva se estremece el reo y ruega de rodillas al verdugo que le remate pronto! No se le puede pedir más al progreso; ya que la civilización no ha llegado al perfeccionamiento de abolir la pena de muerte, procura hacer ésta todo lo más rápida y dulce posible. Y lo consigue hasta en los casos fortuitos. Por eso la prensa francesa no clama en sus artículos contra el automóvil, que sería clamar contra el progreso, sino contra la imprudencia temeraria con que los manejan algunos neófitos y contra la poca habilidad del público para esquivar sus embestidas. Aquí, como al que más y al que menos le corre la sangre torera por el cuerpo, y todos tenemos nociones de lo que. es el quiebro, el cambio y el cuarteo, y hemos nacido con excepcionales condiciones para escurrir el bulto y guardar las espaldas, es