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-r J -sr wM sis, í s V íi: k F Í las márgenes del arroyo que fluye de lirf un manantial inagotable y frío, se asientan los huertos, breves, umbrosos, con sus naranjos verdinegros, á poca costa regados. Más -s -í- v JS. allá se extienden las viñas, ubérrimas en otoño, llorosas en invierno, como una gran sábana rumorosa y oscilante; y cerrando el ancho círculo, pinares aromosos, colinas llenas de monte, de plantas que huelen, de arbustos que llevan en su savia bálsamos desconocidos, j virtudes misteriosas. Chozas grises y casitas blancas llenan el valle; y en su centro, junto á un pozo que un jazminero espléndido engalana, se alza la ermita, blanca también, resplandeciente, con su campanita de argentino son, que anuncia el alba como los pájaros; y por la tarde, en la atmósfera crepuscular, balbucea el toque de Ángelus con una pureza ideal, como oración de vírgenes y de niños Dirigían su exiguo rebaño, de arriscadas cabras, Jacintillo; de ovejas mansas y dóciles, María del Keposo; entrambos en el alborear de la juventud, en los primeros vuelos ardientes del espíritu. Y entráronse los dos rebaños en el mismo monte: las cabras regalándose con la flor de los arbustos, llenas de miel, henchidas de polen; las humildes ovejas paciendo la hierba olorosa, pegada al suelo, que perfumaban con el olor de las semillas, con e) áureo polvo de sus pétalos. -A ver tú, 80 trapajo, si daleas la piara y echas pa allá tus cochinas ovejas. ¿Ko estás viendo que estoy yo aquí con lo mío? -Es que dan en juntarse... ayúdame tú, peazo de carne bautiza; y después de todo, todos comen: unos la flor que da el monte, otros la hierba que da el suelo Naide se estorba; así debíamos ser el ganao que va por el mando. ¡Qué sabes tú lo que es el ganao del mundo, muñeca estripá! A recoger la piara sarnosa, ó Y Jacintillo, con la cayada en alto, se fué hacia la zagala con ánimos revueltos y sanguinarios. Í 5 SÍ: W Í