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los lerrocarriles de Porüigalete y las Arenas; el rum. -nmi de la música que suena en la plaza del primero de los pueblos citados, y el romper eterno de las olas sobre los muelles ó en la arena de la playa, se armonizan en un acorde magníflco que parece arrancado de alguna partitura wagneriana. Asoman en el cielo (si el Serantes no suelta su clásico siri- miri) asoman en el cielo innúmeras estrellas y se encienden los poderosos tocos eléctricos, que desde las obras del puerto exterior hasta las canteras de Axpe señalan por el mar y el río una vía luminosa fuertemente acusada en las temblorosas aguas por deslumbrantes cabrilleos. Y mirando hacia Bilbao se ven surgir de vez en cuando claridades de incendio que dejan suspendidas en el horizonte espesas nubes de humo: bocanadas de fuego que arrojan los convertidores de los Altos- Hornos, pregonando con cada una de ellas una victoria raás alcanzada sobre el férreo mineral que sale de las entrañas de la tierra, ensangrentando con rojo polvillo instrumentos, seres y campos. A Para los veraneantes nacidos en una apacible ciudad castellana, dormida en sus recuerdos históricos y más rica de grandezas pasadas y ruinas venerables que de industria y trabajo, el espectáculo de la ría de Bilbao con su incesante animación, su febril trajín, su exuberancia de vida y movimiento, sus vapores, sus fábricas, sus ferrocarriles, sus tranvías, sus muchedumbres sus luces, sus incendios, es como la revelación asombrosa de un mundo nuevo, ni soñado siquiera en la calma augusta de la ciudad castellana, calma interrumpida únicamente por las campanas de la Catedral llamando á coro á los canónigos ó por el traqueteo VISTA DE Al. GORlA en las e. t. rtíclias calles del carro de labranza atestado de mieses. Deslumhrados y un poco inquietos por tanta actividad y tanta vida esos simpáticos veraneantes, se apiñan en el muelle de Portugalete, agarrándose fuertemente á la balaustrada como si temieran que, arrastrado por el vértigo de las cosas que se mueven, también el muelle echara á andar hacia las inmensidades del Océano. Y cuando en el lecho del hotel se agitan insomnes por la sobrexcitacióndelajornada, creen oír voces de ¡Compro! y ¡vendo! iguales alas que escucharon en la acera del Suizo, y ya dormidos, sueñan que al llegar á la playa para tomar el haíio ven un cartel que dice; Se prohibe bañarse sin llevar prendida en la camiseta la líltima cotización. Pero á los tres ó cuatro días ya están acostumbrados, y hay que oírles hablar del desarrollo de la industria en su ciudad nativa. Con qué asombroso desparpajo transforman los augustos muros de su artística Catedral en las paredes anónimas de una fábrica! ¡Qué elocuentemente ponderan los productos salidos de la floreciente industria local para los mercados europeos! ¿Y en minas? Su provincia está tan llena de minas, que en los mismos sótanos del edificio del Gobierno civil se descubrieron yacimientos auríferos, ignorados, naturalmente, por la policía. En suma; que miran ya casi con desprecio á Bilbao, porque si no hay hombre grande para su ayuda de cámara, para su veraneante no hay pueblo que valga dos cuartos, ¡Y así son las glorias de este mundol GiNís rni PASAMONTE ORI. AK Í) K Dl. ANPO rORTÍi Y VO HAUSl. u V MENKT