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apoteosis final de una obra de gran espectáculo, si- nos decidimos por el ferrocainl de 1 las Arenas, contemplaremos paisa I jes idílicos de verdes montañas y risuefios valles; y vayamos por aquél ó por éste, al apearnos del vagón entrará en nuestras gargan! tas, algdn tanto estropeadas por el humo de las locomotoras, la brisa 7i i Jf marina, que todavía no ha apren dido á decir: ¡Comprolí ¡vendo! aunque ya le falta poco. 1 Hermoso trecho de mar el que contemplaremos entre el pico de Serantes y la punta de la Galea. ¡Hermoso trecho de un niar tan bravo y tan violento, que lo están llenando de muelles y parece que no lo nota. A nuestra izquierda vemos la linda villa de Portugalete con sus preciosos hoteles; poco después Santurce; más allá el pico de Serantes, padre de ese siri- wiiri ó lluvia menuda que aún no han convertido los bilbaínos, ¡y es lástimal en sociedad anónima; á la derecha atraerán nuestras miradas los coquetones edificios de la aristocrática población de las Arenas y las ambiciosas casas de Algorta, subidas á un cerro que trajeron desde América, puñadito á puñadito, buen número de indianos. En medio el puente Vizcaya con su trasbordador, que va suspendido de orilla á orilla, lo mismo que el alma de Garibay ó las promesas de regeneración salidas de labios de nuestros políticos. Adeinás, el trasbordador parece una jaula, y tal vez vayan á parar á ella muchos délos que hemos dejado en la acera del Suizo vendiendo y comprando sin saber más que el nombre de lo que compraban y vendían, como el supersticioso jugador que se enamora de un color ó de un número. Wí t o Vx X J fin Por tugalete, la animación es grande; por su her; mosísimo muelle pasean elegantísimas señoritas y muchachos de pantalón blanco á toda plancha. En las Arenas no se pasea; las opulentas íamilias bilbaínas que ocupan todos aquellos lindísimos hoteles, fieles al culto del hogar veraniego, apenas entreabren las maderas de los balcones cuando oyen el tewffteuff áei un automóvil, que ¡caramba! casi siempre es el mismo. Los veraneantes madrileños, en su mayoría, que habitan en el gran hotel de las Arenas, ó se dedican 1 i h, iiH por la tarde á la contemplación de la playa desde la tarraza y al trasiego de chocolate, ó se zampan en el trasbordador y se desenjaulan en el muelle de Portugalete, lleno de caras bonitas y de sombreros de paja. Algunas tardes se baila en el balneario de Portugalete, que si se ha quedado sin playa merced á las obras del puerto exterior, conserva todavía la música y el afán de divertirse. Mientras tanto, los indianos de Algorta se asoman á su cerro cuando caen los últimos rayos del sol, y todo eis placidez y alegría en la desembocadura del Nervión sobre las enarcadas espaldas del Cantábrico. Si la marea es favorable para la entrada y salida de vapores, los veraneantes de tierra adentro gozan lo que no es decible contemplando cómo se columpian sobre las olas aquellas hermosas embarcaciones atestadas de mineral si salen del puerto, gallardas y airosas si avanzan hacia él libres de carga. Las mugidoras voces de las sirenas, que semejan aullidos de monstruos marinos; el silbato continuo de las locomotoras do h m M fE J i ÉL imsi mMW- f i ¿m ss iMñ m pjW Í t 1 l Í i 1 M i. 3 íMrr í r- Sí Kt- J SSS m -m 4 k? í éi JÉ K! 1 v -í mi ilit lili Ci! T 5 K- 0 S! níT efhzítt