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pobre herencia dejó el armero, que uno de los objetos de más valor que á Jesusa le quedaron de su p a d r e fué una escoxíBta, la primera arma de fuego hecha por él, que conservó siempre en buen uso con el mayor cuidado, y que, orgulloso, solía tener colgada á la vista de todos en la mejor habitación de la casa. íío tardó en celebrarse la boda entre Jesusa y Fermín. Éste, que empozaba á hacer fortuna cuando abandonó precipitadamente Méjico al saber lo ocurrido en Marquina, trajo u n poco de dinero, lo bastante para comprar la casa y la huerta y para poder vivir trabajando con provecho al lado de Jesusa. Los recién casados parecían muy dichosos, y en efecto, lo eran. J o s é Mari, despechado al ver que J e s u s a e r a de otro, y confiando en que aún ardía oculto en el alma de la joven el grande amor que á él le había tenido, empezó á rondar á Jesusa, acechando todas las ocasiones de encontrarse con olla. Pero Jesusa, inflexible, cerraba sus oídos á las audaces pretensiones de José Mari. Éste, cada vez m á s obstinado, entabló u n asedio en regla en torno de la que tanto lo quiso, y cuando ella, estrechada por aquel asedio, rechazábalo con fiera energía, él, sin desconcertarse, sonreía maliciosamente, y hasta con cierta expresión burlona, que no pocos notaron. F e r m í n ignoraba todo esto ó tenía en Jesusa u n a confianza ciega. E n t r e tanto, las gentes m u r m u r a b a n resumiéudose las murmuraciones en esta exclamación por todos repetida: ¡Pobre Fermín! Y por donde quiera que iba Jesusa llegaba hasta ella un rumor molesto, insistente, mortificante, en el que creía percibir estos dos nombres siempre unidos: tJesusa, José Mari José Mari, Jesusa Una tarde, cuando ya iba á anochecer, entró en su casa J e s u s a acosada por aquel rumor. Además, José Mari había ido siguiéndola por todas partes, y todo ello la había puesto en una grande excitación nerviosa. Al volverse para cerrar la ouerta de la casa vio á José Mari medio oculto á la entrada del jardín, que no estaba cerrada, ni se cerraba nunca hasta ser de noche. Sentíasele á F e r m í n trabajar bastante lejos, en lo m á s apartado de la huerta, aprovechando la escasa luz crepuscular que aún quedaba. A poco de haber entrado Jesusa, cerrando la puerta de la casa bruscamente, se fué derecha á la ventana de su cuarto, á cuyo pie se alzaban las flores, y enoai- ándose furiosa con José Mari, que se escondía en la penumbra, le gritó con voz enronquecida por la ira: ¡Vete de aquíl- ¡Si es por tu marido, no temas Aún trabaja ¿No le oyes? ¡Vete -rugió ella. ¡Pues no te has vuelto tú a ¿Crees que m e das miedo? ¡Si te o sa, si, Jesusa, la misma que antes Al decir esto, dio u n paso hacia adentro y oyóse u n disparo. TII José Mari, sin concluir su frase, rodó exánime por tierra. Corrió F e r m í n hacia la puerta donde el cadáver yacía, y de las inmediatas huertas le gritaron: ¡Lo h a s matado, has hecho bien! ¡Se lo h a buscado él mismo! ¡Has hecho lo que debías! ¡Bravo, bravo, Fermín! Apenas éste vio el cuerpo de José Mari tendido en el suelo, obstruyendo la entrada, Jesusa le salió al paso, acariciándole con s u s dos manos la frente como si de ella quisiera alejar u n a importuna sombra. ¡No soy yo quien lo ha matadol- -balbució Fermín. ¿Qué es esto? ¡N a d a! -m u r m u r ó Jesusa. ¡Ko pienses más en ello! ¡No te acuerdes de ello más! F e r m í n besó, como siempre, aquellas manos; pero observó que no despedían el perfume que tanto le embriagaba de r o s i s y violetas Las manos de Jesusa olían á pólvora. ERNESTO GARCÍA L A D E V E S E DIBUJOS DB MÉNDEZ BRINGA