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América á buscar fortuna, sospechó aquél en seg el verdadero motivo de tan imprevista resolu (Nunca Fermín había mostrado ambiciones de riqni deseos de pasar el mar. Hasta aquel instante h vivido contento y feliz con u n empleíto que teñí; Urberuaga, yendo á Marquina la mayor parte de los días á ver á Jesusa y á cultivar la huerta del tío, donde le había hecho á su p r i m a un pequeño Jardín lleno de rosas y de violetas que la joven podía alcanzar desde la ventana de su alcoba. Jesusa se despidió de F e r m í n con gran pena, y luego, muy triste, se encerró en su cuarto. P e n s a n d o e n su primo, y dominada por la tristeza, iba á romper á llorar cuando asó José Mari, mirando hacia la casita con aire satisfecho y con sonrisa tiiunfal. Sin que la vieran, observó J e s u s a que los ojos de sus vecinas se iban tras de él, y al punto se olvidó de su primo, dejando el alma entregada al incontrastable encanto con que esclavizaba todo su ser el amor por José Mari. É s t e avín se mostró m á s envanecido y m á s arrogante desde la ausencia de Fermín. L a fascinación que ejercía sobre J e s u s a parecía haber aumentado, y de ello hacía él gala, dando pábulo á las murmuraciones de las gentes. Llegaron estas cosas á oídos del padre de Jesusa, y el viejo armero cayó en la más pro funda melancolía. Estaba tranquilo sabiendo que su hija era honrada; pero desgarrábale el corazón aquel amor invencible que se había apoderado de ella. Al cumplirse el año de la visita que Jesusa y sus compañeras hicieron á San Miguel de Arrechinaga, volvieron todas ellas á la ermita aislada: dos que se habían casado, á dar gracias á la Virgen por haber atendido sus ruegos; las demás- -entre ellas Jesusa- -á hacer nueva plegaria y á tocar otra de las piedras, disponiéndose á aguardar nuevamente el soñado espc J esusa no acababa de decidirse á elegir la piedr había de tocar. ¿Cuál tocaré? -preguntó á sus amigas. Todas callaron. Una, por fin, le dijo: ¡Si es por José Mari, no toques ninguna, ni años! iKo será tu marido jamásl- ¡No será tu marido! ¡Xo será tu marido! -fu m á s repitiendo. Y Jesusa, al oirlo, salió de la ermita anegada en elegir piedra alguna y sin empezar su oración. Después, ya de vuelta en Marquina, entró á la Salve, de los Carmelitas, oír Jas voces humanas del órgano, en las que toda joven marquiuesa cree descifrar el augurio de su porvenir. Las misteriosas voces humanas le dijeron: ¡No será tu esposo nunca! ¡No lo esperes! ¡No lo esperes! Al volver á su casa, con el corazón rebosando amargura, encontró á su p a d r e muy abatido. Lo habían ido postrando las penas más que los años. El viejo a r m e r o iba de día en día acabándose. Alguna que otra vez reanimábase u n poco, y Jesusa observó que esto pasaba siempre que se recibía carta de Méjico anunciando que F e r m í n trabajaba con frutó é iba abriéndose camino. H u b o para J e s u s a u n día fatal, uno de esos días negros de la vida en que todo el horizonte se puebla de sombras, y la esperanza, esa divina luz del alma, se desvanece. Por la m a ñ a n a supo la joven de un modo cierto que José Mari, procurando n o s e r visto, se ausentaba con frecuencia de Marquina, ya por la carretera de Lequeitio, ya por la de Ondárroa; no era un falso r u m o r el de sus nuevos galanteos Por la tarde, al bajar el sol, vio J e s u s a desfallecer á su padre, cuya vida s e extinguió con el último reflejo del día. E n su inmenso dolor y en su loco aturdimiento, al hallarse de pronto sola en el mundo, pensó en Fermín y, casi avergonzada, m u r m u r ó ¡Oh, si me perdonase! No, faltó quien se lo escribiera en seguida á Fermín. É s t e perdonó á Jesusa, y antes de. transcurrir mes y medio se presentó. en Marquina. Jesusa cayó en sus brazos, sinceramente arrepentida de lo ingrata que con él había sido. La llegada del joven fué m u y oportuna: si F e r m í n hubiese tardado unos días más. en llegar, hubiera visto á su p n m a despojada de aquella casita, cuyo modesto alquiler no hubiera podido seguir pagando, pues tan I