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900 S CABO de recibir el artícu vA V -á. continuación transcribo, cuyo autor, amigo mío muy respetable, me ruega que lo publique en BLAKOO Y NEGEO. I I I 1 M Protesto, señores, enérjri- camente contra todo lo que huela á restricción en lo refer e n t e á músicas callejeras. ¡Que toque todo el mundol Que cante el que tenga gana! ÉB Viva la libertad del ruido armonizado! Nada me indigna más que ver á las autoridades prohibiendo los pianos de manuorio y otros elementos de regocijo popular. Debajo ie cada balcón, delante de cada tienda, debe colocarse diariamente un pianito de esos que animan con sus notas al vecindario. ¿Por qué no? Si acostumbraran esos instrumentos á tocar marchas fúnebres ó salmos penitenciales, santo y bueno que fuesen proliibidos tan tristes desahogos, porque bastantes aflicciones tenemos encima para que desde la calle nos vinieran á encoger el corazón todavía más. ¡Pero, señores, si precisamente lo que tocan es lo más bonito que hay en materia de pasacalles, valses y habaneras! ¡verdaderos chorros de alegría que llegan al alma y quitan de ella m á s de cuatro sombras! Hay alcaldes, sin embargo, tan refractarios á la música, que prohibirían de buena gana hasta los trinos de los ruiseñores en la e n r a m a d a espesa, cuanto ni más los conciertos unipersonales al aire Ubre. De u n gobernador sé yo que suspendió la publicación de FÁ Eco de Valdezanaajos sólo porqué el tal periódico era órgano de los labradores de la comarca. Kada, nada; dejémonos de tonterías y protejamos la música en todas sus manifestaciones. ¿Existe algo m á s agradable que la combinación del canario que pía, la cocinera que canta, la señorita que estudia el piano, el vendedor que pregona, el herrero que machaca y el ciego que pasa tocando el clarinete? Conozco señor formal, de esos cuyo trabajo de bufete requiere gran recogimiento, que tiene la manía de gruñir cuando algún piano de manubrio, por descuido d e l a s autoridades, toca en la calle frente ó su habitación y no le permite abismarse en el estudio, y en cambio tolera que su señ o r a lé chille y hasta le solfee, y que. la suegra le vaya con músicas, desentonando de u n inodo bestial. ¿Les parece. 3 ustedes bien? Abundaii los particulares, y entre ellos, por desgracia, no pocos chicos de la prensa, qué tienen guerra declarada á las expaiisiones de los múáicos Callejeros. ¿Por qué? Señores, no es para tanto. ¿Qué molestia les producen á ustedes los grupos de ciegos que van por la calle ejecutando jotas guitárrico- bándúrrico- ferruginosas? A mí no; me interrumpen el trabajo en lo más mínimo. Y no hablemos de esos artistas que viven de la cuerda como los relojes, y que, armados de cuatro violines variolosos, y u n contrabajo reninático, se paran á dar conciertos eii el borde de cualquier acera. Esos son dignos, no sólo de respeto, sino de subvención, siquiera p a r a comprarse ins- 11; í