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LA DOGARESA MIMÍi; 8 0 N Vl M r. IANA p ODAS las mañanas, después del imprescindible paseo por las poéticas lagunas, cuando los ojos deslumhrados al vivo reverberar del sol en los trémulos espejos del agua y la imaginación sobrexcitada por el sugestivo influjo de aquella ciudad de ensueño pedíanme reposo y tranquilas realidades, gustábame hacer estación en la Piazza, en la única de Venecia, y por su estiló y singular fisonomía única también en el mundo. Mi arribada á la plaza de San ¡Marcos era preludio de una hora deliciosa, que tras el prolongado balanceo de la góndola, tras la incesante ondulación de las aguas, donde refulgía chispeante el sol de Mayo; tras del continuo espectáculo de construcciones desaplomadas, de miembros arquitectónicos desarticulados, sillares desengarzados de los muros y marmóreas graderías desprendidas ó rotas en anchas hiendas en cuyo fondo gargoteabaja laguna, proporcionábame, primero la tranquilizadora sensación de la tierra firme, de las líneas serenas, de los edificios en reposo, y después el deleitable espectáculo de bazar oriental, de romería artística que ofrece la histórica plaza con su rica decoración monumental que tiene por fondo el bizantino joyel de San Marcos, con sus caladas arquerías, jaspes brilladores, mosaicos de oro y centelleantes ventanales, y el aéreo palacio de los Dogues, que parece hecho para espejar su gentileza en el cristal azul de la laguna; y bañándolo, abrillantándolo todo, la caliente luz de Italia; y por donde quiera flotando en inquietas manchas vivas, como animadas nubes, las palomas que fraternizan bulliciosamente con niños y muchachas. II Entre San Marcos y el palacio Ducal, junto á la rica puerta gótico- renaciente della Carta, hay un rinconcito que parece hecho para nido de ensueños de poetas y pintores; corren por el bajo plinto de blanco mármol, ceñido al muro, gallardas quimeras y fantasías del Renacimiento, que alarga aquella rama florida de su estilo hasta tocar las piedras de la basílica; más arriba, engastado en jaspe de brillante tonalidad, luce marmóreo ornamento de arábiga tracería; y en la misma arista del ángulo, como partiendo jurisdicciones entre la iglesia y el palacio, levántanse cuatro adustos y misteriosos personajes de pórfido, dos extrañas parejas de guerreros abrazados, que con la mano libre oprimen enérgicamente el puño de la ancha espada, como si quisieran significar juntamente la guerra y la paz, ó la fuerza y el amor: supónelos la tradición traídos de Tolemaidaen el siglo XIII; y con sus paños y actitudes hieráticas, y con los calientes tonos roji- sienosos del pórfido pulimentado, en cuyos resaltos brilla el sol en largos rieles, añaden al conjunto una deliciosa nota de color y de misterio oriental. Aquel era mi rincón favorito en Venecia. Mas ¿éralo por sí mismo, ó tal vez porque servía dé fondo insustituible á un grupo encantador que atrajo todas mis simpatías? Tan unidas están en mi recuerdo las figuras y el fondo de aquel inolvidable cuadro veneciano, que no acertaré á definir si el lugar embellecía á los personajes, ó eran éstos los que infundían calor de alma á las venerandas piedras. Sentadas en elmarmóreo plinto hallaba yo todas las mañanaa dos figuras femeninas, indescriptibles de puro delicadas, exquisitas y tíemamente interesantes. Erase una jovencita gentil, aérea, romántica, ensoñadora, como nos figuramos k Besdémona, cuya mansión legendaria ae mira aún en las lagunas; tenía el cutis pálido, transparente como alabastro oriental, el sedoso cabello rubio con el rubio de sol vinculado en las venecianas, las pupilas azules como el Adriático, y en torno á los ojos vago esplendor difuso como la niebla irisada que envuelve las remotas cumbres alpestres; vestía