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de los primeros años de su vida, desposada sin amor y enamorada de un misterio que en vano intentaba descifrar acudiendo con terca porfía á los empolvados pergaminos ó á la vaga memoria de las leyendas. Allí, en un ángulo de la cripta, como rechazado por los invencibles guerreros y las virtuosas dueñas, cuyos sepulcros aparejados perpetuaban las dichas conyugales de la familia de Agramont, velase en humilde sarcófago sin escudos heráldicos y SÍQ inscripción alguna la estatua yacente de un joven caballero, vestido en e gie con sencilla armadura y mostrando en su rostro, debido á habilísimo cincel, un sello de melancolía que contrastaba rudamente con el aspecto augusto y tranquilo de las demás cabezas sepulcrales. La soledad de aquella tumba, su carencia de adornos é inscripciones y el no sé qué de tristeza que el escultor habla comunicado á la marmórea figura, inspiraban á todos los que la veían un sentimiento de piedad. Elena, mujer al fin, tras de compadecerse un día y otro día del ignorado caballero, tan solo y tan triste en aquella cripta de tumbas gemelas que con su aparejamiento pregonaban más allá de la muerte la ventura de amar y ser amado, fué insensiblemente cayendo en la misma melancolía que reflejaba el rostro de mármol del desconocido caballero, y al fin, en el silencio del subterráneo enterramiento, se confesó á sí misma la locura de amar á aquel muerto anónimo con la honda é intensa ansiedad con que se ama al misterio. En vano revolvió febrilmente los manuscritos del castillo, buscando en ellos por lo menos su nombre; en vano suplicó á los trovadores que la refiriesen todas las leyendas de su familia, aun aquellas ennegrecidas por el crimen; en vano apeló á la memoria de los más viejos servidores y vasallos de los Agramont; nadie supo decirle quién fué aquel muerto adorado, ni por qué extraña circunstancia se le enterró en la cripta familiar donde los antepasados de la enamorada doncella dormían su sueño eterno. Oculto en el fondo de su pecho este desesperado r amor, Elena, por instigación de sus parientes y aun por súplicas de sus propios vasallos para que salvara haciendas y vidas de las codicias de poderosos vecinos, dio palabra de esposa á su primo el conde de Servet, y á punto de celebrar con él sus bodas en el castillo de Agramont, bajó á la cripta vestida con las galas nupciales. Detúvose delante de la tumba solitaria y contempló una vez más la estatua yacente del caballero, murmurando al mirarla: ¡Qué dichosa hubiese sido al lado suyo! Inclinóse, después de recorrer con rápida ojeada todo el recinto de la cripta, lo mismo que si fuera á cometer un crimen, y acercó sus labios de púrpura á la blancura del mármol. El beso depositado en aquella faz sepulcral fué largo y silencioso, pero en la quietud de la muerte le respondió un crujido. Un crujido como de brote que se rompe; uno de esos chasquidos que suenan en primavera pregonando la expansión violenta de la vida que na, ce. Elena de Agramont, aterrada y cubriéndose el roKtro con el velo nupcial, cruzó la cripta, ganó la puerta y subió por tortuosa escalera á los salones del castillo. Su esposo y sus parientes, ostentando magníficos trajes y ricas preseas, la esperaban en ellos. La comitiva nupcial se dirigió á la capilla, y la enamorada del misterio pronunció un sí tembloroso y mentido delante de los altares. r. c ¿a- a m La última de los Agramont fué tan feliz en su matrimonio como todas aquellas sus abuelas ilustres que descansaban en la cripta al amparo, pots mortem, de los famosos guerreros cuyos títulos y preeminencias compartieron en vida. El conde de Servet, ganoso siempre de gloria y fortuna, abandonaba continuamente el castillo para lograr una y otra, j a en la corte de los reyes, ya en los campos de batalla. Marido sin ternura, alcanzó, si no el afecto, la fidelidad material de su esposa, y ésta durante sus largas ausencias bajaba un día y otro día á la cripta familiar. Elena de Agramont pensó al fin que la felicidad amorosa pregonada por los sarcófagos gemelos era mentira, y que la única tumba entre cuyos mármoles descansaban restos que habían amado era tal vez la solitaria, la del misterio Mas cuando los poderosos condes de Seivet murieron, el mismo escultor labró sus magníficas tumbas gemelas con estatuas, escudos é inscripciones, y allí, en un ángulo de la cripta, quedó tan humilde y tan solitaria como siempre la del desconocido caballero, único acaso que en vida había amado mucho, único que después de la muerte había sido intensamente amado. JOSÉ DE K O U K E