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La fiesta de sol y de flores se alegra con el estrépito de los gritos. Son tan famosos los gritos del mercado de Venecia como los del de Nuremberg, que le sirvieron á Wagner para escribir algunas escenas de Los maestros cantores. Pero el mercado de Valencia es una historia de la música popular al aire libre. Os sentís subyugados, enloquecidos por aquel continuo chillar que parece motín revolucionario, asonada, pelea de mujerzuelas Oía alegres tocatas, guitarreos, gritos de vendedores que recuerdan por su dejo morisco los mercados árabes, balidos y rebuznos, campanilleos, disputas, que domina de cuando en cuando el vozarrón del trapero repitiéndose de esquina en esquina La orquesta de luz y de griterío llega al crescendo con el traqueteo dé los carros. Entran por fin eíiel mercado orgullosa y triunfalmente Vienen cargados de flores, con artístico desorden, revueltas. Parejas de huertanos aparecen en lo alto de ellos, guiando el hoinbre su caballuco, su teca moruna, restregándose la mujer los ojos, no despiertos aún, con la punta del delantal, luciendo en la otra mano manojos de nardos llorosos de rocío, impregnados del aroma huertano. Apenas llegan las flores, se precipitan sobre ellas, se las disputan, las pagan á carísimos precios. En toda Valencia comienzan los preparativos para la gran batalla, fiesta del Arte, de los perfumes, dé las hermosuras femeninas Envueltos por el sol, que funde los clarines en oro, salen al centro de la Alameda los trompetas de caballería. Al son de aquella solemne música, que acompañó á los Reyes Católicos cuando su entrada en Granada, recorren el paseo los soldados, hiriendo el cielo con los desgarrados, retozones, picantes ecos de sus clarines. EIi M E R C A D O El venerable Espiau, el pirotécnico celebérrimo de las tracas, ha lanzado el tradicional cohete Oonj el acompafiatniento de músicas aparecen por el fondo los carros Caballos teñidos de plateados ó áureos tonos, arrastran fantásticas carrozas donde lucen su gallardía las bellas. Magníficos carros, que parecen improvisados jardines, envuelven en su tupida enredadera á elegantes damas... Cuanto de caprichoso, de genial, inventan los artistas valencianos, aparece en el desfile. Es un chaparrón de colores, una paleta loca en que se mezclaran caprichosamente las tonalidades, metiendo pincel y cuchillo en todos los botes de pintura; un capricho de Goya, un sueño de Fortuny... A poco, las dos filas del paseo se ponen en orden de batalla. Despiden surtidores de ramilletes, chaparrones y tempestades de flores Es un colosal aleteo, en que los ramos caen al suelo como heridos pájaros, quedando prendidos en las multicolores telas de arafia tejidas por las serpentinas... Allá, en el fondo, y entre el clamoreo del gran pueblo artista, embístense los carros Y el suelo, cubierto de un luminoso barro de colorines, envía sus fragancias al cielo, como apoteosis de la gran fiesta Cae la tarde. El ejército invasor, el que robara sus galas á la huerta, loco y ebrio de alegría, jadeante, sudoroso, vuelve á la ciudad, aún poseído de la fiebre délas fiestas, que saca los colores al rostro y agita nerviosamente las manos. Las pobres flores, taconeadas, marchitas, caen en poder de bandadas de los infantiles golfos, que á puñadas se disputan los trofeos del festín Esto duran las alegrías y las rosas, como dijo Musset: L espace d un matin... RoDEiGO SORIANO