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Í H I esa espléndida batalla de flores, célebre en todo el mundo y en sus alrededores, día de gran X P fiesta para la Valencia artista, con qué terror, con qué angustias y presentimientos de luto y muerte se ve llegar en los pobres jardines valendanos! El ejército destructor de las flores cae sobre los macizos, enramadas y planteles, como sitiado que tras largas hambres se apoderara de un trozo de pan De un extremo á otro de la huerta valenciana suena el estrépito del saqueo, del combate, de la rapiña... Esos nuevos bárbaros de la invasión de las ñores vuelven á la ciudad tiznados de sangre y empapados en lágrimas, lágrimas y sangre que son el carmín y el rocío de las heridas ñores. ¡Qué dolor! Crujen al ser arrancadas del tallo las coloradas rosas, y como huella de un crimen van marcando sus caídas hojas el sendero del jardín; las más bravias se defienden ferozmente con sus espinas, que arañan la manaza del enemigo implacable. Caen por los caminos, marchitas y desceñidas, las amarillas dalias; y los claveles reventones, apopléticos, rojos de verj üenza, estallan en ira Si las flores hablaran, como aseguraba Selgas, ¡qué cosazas no dirían! ¡Con qué algarabía de infantiles gritos protestarían los tiernos capullos! ¡Con qué indignado vozarrón escandalizarían los orgullosos girasoles! ¡Qué femenil alarido pudoroso sacarían de su corazón escondido las recatadas violetas! lOh, si hablaran las flores! Flores, flores! piden á gritos los valencianos, como se pide ansiosamente la pólvora en las batallas; jflores, flores! van de la huerta á montones, desbordando los carros, sembrando los caminos, enaobleciendo el polvo y el barro con multicolores banderas y tapices de fragante perfume. Apenas la luz solar clarea blandamente el cielo, escúchase por las cercanías del Mercado el impaciente traqueteo de los carros de flores. En medio de voces, topetazos y juramentos, van colocándose por orden, atropellando sin compasión á los trasnochadores empedernidos que se retiran á sus casas ojerosos, cabizbajos, dándose de cabezadas con las esquinas Se oye en las buñolerías del Mercado el pringoso chirrido de las frituras, y en lagos de burbujeante aceite nadan los churros de retorcidas y churriguerescas formas, envueltos en la dorada pátina de las tallas antiguas... Allá, en el fondo del Mercado, brillan las bayonetas de los soldados del Principal, de aquel cuerpo de guardia característico que recuerda las descripciones de Merimée y el desfile militar del primer acto de Carmen. 1 tembloroso y vacilante campaneo del amanecer atrae á las devotas. Estas, con la silla plegada bajo el brazo y el libro de misa en la mano, se dirigen hacia la iglesia lentamente, rozando con sus mantos negros los paredones de las casas. Aún no dueña de su esplendor, la famosa Lonja de Valencia, orgullo de la ciudad artista, se va envolviendo suavemente en blanquecinos, aporcelanados tonos; la luz dulce, argentada, del indeciso sol, clarea los altos ventanales góticos, eflorescencias primorosas de la arquitectura, modelos de gallarda y aérea gracia, verdaderos jardines de piedra. Frente á la Lonja aparece un improvisado, un fantástico paisaje, Es el mercado de frutas y hortalizas, que surge chillón y escandaloso envuelto en un chaparrón de luz. Zola ha descrito en El vientre, de Parts aquel inmenso mercado de la gran ciudad, panza colosal que dispuso un día de los destinos del mundo, pues al desaparecer dala Babilonia moderna por los rigores del sitio, dio á los alemanes dos provincias, derribando á Napoleón de la columna Vendóme. Pero aquellos mercados de París con sus cuadrillas de mendigos y haraposos, hablan de espantosas miserias sociales, de odios, de guerras, del hambre Dickens pintó los mercados ingleses, himnos á la carnicería, á la sangre, donde los famélicos siguen con la lengua fuera á los carros desbordantes de carne. A Castelar le parecían Ñapóles y Valencia, y con razón, las dos ciudades más bulliciosas de Europa. El mercado de Valencia es el más escandaloso de los conocidos Habla de alegría, de fecundidad, de tierras prósperamente dichosas. Como por arte mágico surgen de la tierra vegetaciones fantásticas, colosales. Allí dólmenes de barnizadas sandías, de los famosos melons de Alcher, gloria de la huerta. Abiertas, partidas, semejan, patibularios trofeos de cercenadas cabezas en que brillan las negras pepitas á modo de coágalos sangrientos Luego, barricadas de exquisitos y mantecosos melones de Campanar, amarillos, aporcelanados unos, lustrosos, ñnos, envueltos en la sutil redecilla de sus vetas los otros Rojos y picantes, envueltos en sus fundas de basto paño, chillan más lejos los colosales pimientos, encorvados á modo de gorros frigios, mientras las berengenas moradas, graves como su episcopal color, parecen echarles en cara sus estrepitosos tonos. Un poco más allá, huecas y orguUosas de su complicado polisón, se amontonan las coles, mezcladas con las escarolas pajizas, embutidas en sus caperuzas, valonas y golas de espumoso encaje Desde los puestos de flores llegan enloquecedores perfumes, bocanadas de claveles y rosas disueltos en el aire, la respiración fatigosa, dulzarrona y pesada de millones de cálices floridos.