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el convencimiento profundo de que se necesitaba una víctima, tina expiación, una redención para tantos pecados y tantas tristezas. El generoso afán de borrar con sus dolores las culpas de todos, es el rasgo peculiar de Santa Verónica, que por la fuerza inconcebible de su voluntad y su deseo, llegó á colocarse en el escalón más próximo a l a cruz, al lado de San Francisco de Asís. Él Seráfico esperó salvar al mundo, con el des- interés; la Extática, con el padecimiento y la tortura. Tenía Verónica dicisiete años cuando vistió el hábito religioso en la rigurosa y austerisima orden de las Capuchinas. De esta. Grden: salían los predicadores que de pronto animados de un celo vehemente, hirsuta la barba, chispeantes los 030 S, empuñando uií Crucifiio salían como los antiguos profetas de Israel, clamando contra la abominación- ordenando conversión y penitencia. Aunque- tan severa la regla de las Capuchinas á Verónica le pareció un juego. Otra cosa anhelaba, Empezó por castigar su luven- tud con ayunos increíbles: cinco años vivió sólo de pan y agua; muchos días no probaba alimento; dormía una hora; se acostaba, no ya en su- tarima, sino debajo de ella, arrastrándose; sembraba la dura cama de abrojos y guijarros, y se levantaba á Jas horas de más frío para recorrer descalza el huerto, pisando la escarcha matinal. Asi que crevó insignificantes estas mortificaciones, empezó á abrirse las carnes á azotes con cuerdas de nudos ó con ramas de arbustos espinosos; tejió una túnica de pinchos, que llamaba su vestido bor. iado; después, acordándose de los mártires de los primeros sitólos se procuró un peine de hierro, y con él se desgarraba los brazos y los muslos. Apretándose al talle gruesa v ruda cadena- echándose á los hombros una cruz de leño pesadísima daba la vuelta al claustro andando sobre las llagadas rodillas. Desplegando en atormentarse el ingenio de u n verdugo refinado, ya se metía dentro de u n ce. sto ordenando que echasen encima una piedra enorme, ya se colgaba. del techo por las muñecas, de modo que no tocasen al suelo sus pies, y permanecía asi, descoyuntando se de modo que se oía el crujir de sus huesos. -i m por tanto martirio se calmaba su sed de padecer. Lo único de que se quejaba era de sufrir poco. Muero porque n o m u e r o dijo nuestra carmeUta de Avila. Verónica se moría porque no padecía lo bastante. Vivir para padecer era su divisa. Si entonaba himnos eran en alabanza de los tormentos. Vivan las. penas, vivan los dolores. Un día en rapto místico, se abrió con agudo cuchillo u n a c i u z e n el seno, y con la sangre qué brotaba escribió á Jesucristo cartas tiernísimas. Otra, vez, cogiendo una placa de metal que tenía grabado el dulce Nombre, la puso candente y se la aphco sobre el corazón, como un sello. 1 j 1 Quería más aún; algo sobrehumano. Su ambición era sentir uno por uno los dolores de Cristo en la Pasión. Sólo así se consideraría víctima aceptada, expiatoria, bu deseo se colmó- en su cuerpo aparecieron las señales. Sudó sangre copiosamente; sus brazos mostraron las acardenaladas huellas de las sogas del Pi endimiento; sus espaldas, los verduo- ones de la Flagelación; sus lívidas sienes, la marca de la Corona de espmas; sus miembros, el estiramiento y disloque de la Extensión en el madero. P o r ultimo sus manos y pies aparecieron taladrados con las Llagas, y de su costado herido brotó una vena de agua y sangre. Faltaba algo especial, símbolo de que los padecimientos- no son meritorios si no son apetecidos, amados, incorporados á la voluntad y al sentimiento por niodo inefable. E s t e sentido tuvo la extraña maravilla del corazón de Verónica dentro del cual se imprimieron en relieve los instrumentos de la Pasión: escalera, clavos, tenazas, lanza, esponja columna y martillo Y del corazón que así se transfiguraba, nos dicen los escritores místicos que muchas veces llegó la Santa á trocarlo con el de Jesús. ISo se concibe mayor exaltación del deliquio amoroso, más ardiente sueño que este misterioso trueque- y sólo elinfinito de felicidad que para Verónica representaba, pudo recompensar el infinito de sufrimientos aceptados y acogidos con alegría por una mujer en la soledad de u n claustro, silencioso teatro del sublime drama moral. Y Lábio rafía de Verónica Julianis no insiste en hablar de milagros hechos por. la Santa- y es que ella misma constituye el milagro más asombroso. Su larga v ida- -sesenta V siete años- -sorprende después de tantas- maceraciones. A o fué abadesa hasta m u y entrada en edad, y, su muerte se d e b i ó- a u n ataque apoplético, enfermedad de naturalezas que todavía conservan vigor. El mismo ano de su muerte se decidió beatificarla, y en 1839 h a sido canonizada. Al p e n s a r e n Verónica reconocemos que el amor, n o sólo es más fuerte que la muerte, sino que es hermano gemelo del dolor, vive por él y se ennoblece al abrazarlo. EMILIA P A E D O BAZAN ORLAS DE ARIJA f