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Ya os dije que se planta en la mitad del corralito, y que es con sus flores y su hojarasca el amor hondo y lírico de toda una gente que vive la apasionada y original existencia del aduar. El corral andaluz no arde siempre en fiestas, como se ha dicho; acaso sea ese su aspecto más exterior y menos permanente; el arriate lo sabe; sus flores han recibido todas las confidencias é historian las venturas y los duelos de la pobre gente. Cada familia plantó allí las flores que pudo y las llevó después en sus alegrías ó en sus tristezas; un jazminero mustio, una mata de jacintos que se agosta, un rosal de pasión que muere sin riego, toma parte á su modo en las angustias de una familia en duelo; rosales de Ipitiminí han sonreído á las ilusiones de la mocita guapa, y sus manojillos de flores apretadas, infantiles y graciosas han lucido bizarramente en la Vela junto al airoso dosel de la peineta; y están allí también las flores que se arrojaron al paso de la Virgen dolorosa, llenándole el palio, alfojnbrando sus pies, llevando en su estela de perfumes súplicas y lágrimas apasionadas y ardientes. Con azucenas ¡áel ¡arriate se tejió la corona blanca de la virgen muerta, y entre sus manos inertes se llevó á la tierra un manqjiíléide pensamientos aterciopelados; ios vigorosos claveles del arriate lucieron en apretado haz sobre la calada mantilla de la novia, y sus rosas pasionarias en ramos adornaron el cuadrito de la Virgen del Carmen, lá, que acompaña en sus tardes de soledad y de angustia trágica á la madre del torero. Sí, se explica el amor lírico y profundo de todo el corralito por el arriate de suS historias, de sus alegrías y de sus amores. Aquélla tierra habitada por una raza audaz y aventurera, oriental de fantasía, luminosa de espíritu, tenía que escribir con flores el extraño poema de su vi, i, i ¡ii! da. Ahora el arriate anda, luz llega á la plenitud de I su florecimiento: no hace í mucho vistió de flores nue yfe vas á la Cruz de Mayo; lie- 2 fc gó el verano, anochece, y en torno del jardincillo poé i tico se sienta todo el mundo; el cielo es azul todavía, y las primeras estrellas lucen muy altas, con intensidad profunda, con calma suprema; es el verano andaluz, majestuoso y fecun I T. do; toda la tribu charla alegremente en torno de sus flores; de las bardillas y del parral sidrero cuelgan las tallas frescas, go teando sobre las gavillas de palma; los grillos entonan en el arriate su canción veraniega; del pozo sale un fresco soplo de aljibe moro; el vientecillo de la tarde agita levemente las campanillas azules, y al par de la sombra que desciende, el dondiego de noche extiende su perfume í enervante y embriagador. Es la hora del reposo; vuelve al barrio el turbulento y risueño coro de las cigarreras, inundando el corralito con un turbión de juventud y de carcajadas, llevando aún en el pelo los nardos que cortó en el arriate al amanecer. Y acaso entonces, después de esas comidas frugales é inverosímiles de aquellos barrios, allí, en torno del arriate de los recuerdos y de las memorias, surge espontánea, lenta y triste la copla popular, las soleareSj esas que parecen llevar siempre en el fondo un estremecimiento de lágrimas. j ADOLFO LUNA DIBUJOS DE HÜEETAS