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XvJL j TJZ K; I: V: É: CTE. ICJL á la modista por tres trajes y un abrigol ¡Si no lo puedo creer! ¡Catorce mil reales! ¡Rafaela s e h a vuelto local No m e habré equivocado en la cifra? Con esta hiz no se v e bien (Se dirige á una de las paredes y da vuelta á la llave d e l a luz eléctrica, e n c e n d i é n d o l o s cuatro brazos de la araña central. ¡Nada, n o cabe duda; son catorce mil reales, tres mil quinientas pesetas! ¡Mi mujer está loca de remate! ¡Y aliora que los pleitos escasean! ¡Ahora que no se ejecuta á nadie! ¡Ahora que los Tribunales declaran pródigo á u n mayorazgo por fumar cigarros filipinos! ¡Oh, esto no puede tolerarse! ¡Me oirán hasta los sordos! ¡Señora, lo digo y lo repito; esto n o p u e d e ser! (Sale d e su despacho con la cuenta de la modista en la mano dejando en aquél una espléndida iluminación. ESCENA n TEATRO DE LA VIDA (ALBBETO V I L L A F E Í A abogado, trabajando en su despacho; poco después M A N U E L criado. Es de noche; V I LLA KEÍA tiene una lámpara eléctrica, con pantalla verde, encendida en su bureau. En el centro de la habitación, y pendiente del techo, se ve una lujosa araña de cuatro brazos con bombillas de luz eléctrica. La araña está apagada. Alberto (leyendo) -Y resultando que Manuel de de la puerta) ¡Señoritol A. lberto. ¿Qué hay? Manuel. -A media tarde estuvo aquí el de la luz eléctrica, y dejó esta factura. Alberto. -Está bien; trae. Manuel. -Ha dicho que volverá mañana. Alberto. -B u e n o (viendo la factura) ¡Qué escándalo, ciento veinte pesetas de luz eléctrical Claro está, en esta casa nadie se cuida de apagar las luces. Parece que todas las noches hay iluminación. El comedor, el gabinete, el salón, los cuartos de los criados Vaya, vaya, s e r á preciso que pongamos orden en esto. Mi mujer es demasiado buena, y con tal d e no r e ñ i r á la servidumbre (Leyendo de nuevo los papeles que tiene sobre su mesa de despacho. jQué sentencia m á s rara: declararle pródigo á u n mayorazgo por fumar cigarros habanosl Los Tribunales hacen unas cosas Eulalia, doncella. ¿Se puede pasar? Alberto. ¿Quién es? Eulalia. -Soy yo, señorito. Alberto. -Pase usted. Eulalia. -Me h a dicho la señora que se entere usted de este p a p e l Alberto. ¿Otra factura? TraeI (Leyendo. jZambombal Eulalia. ¿Qué le digo? Alberto. ¿A quién? Eulalia. -A la señora. Alberto. ¿Dónde está? Eulalia. -En su gabinete. Alberto (furioso) -Dígale usted No le diga usted nada Dígale que yo iré en seguida. Eulalia. -Está bien. (Sale. Alberto. Pero eso es imposible! ¡Catorce mil reales (E? i el gabinete de la señora. ALBERTO Y R A F A E L A Alberto (entrando) -Pero tú Rafaela. -Ya sé lo que m e vas á decir. Los hombres no entendéis de esas cosas. Alberto. -Ya sé que no entendemos. Pero tú Hafaela. -Ninguna señora de Madrid se hace en esta estación menos de cinco trajes y dos abrigos. Yo me h e hecho t r e s y uno. ¡Quéjate, quéjate todavía! Alberto. -Pero Rafaela, tú no consideras Rafaela. -Yo lo considero todo. Yo considero que soy la esposa d e u n abogado notable y que no puedo menos de presentarme decentemente en todos sitios. Por honor á ti, por consideración á ti, por dignidad tuya. Alberto. -Toáo eso será verdad, pero Rafaela. ¿Y si m e encontrara en u n a visita á un magistrado del Supremo yendo vestida con un traje del año pasado, qué dirías? Alberto. -Yo n o diría nada. Pero reflexiona que Rafaela. -Está bien; todo h a concluido entre los dos. No pagues, si n o quieres, la cuenta de m a d a m e Emilie. ¡Me volveré á casa de mis padres! ¡Pobres padres míos! Alberto. ¡Rafaela!