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bre, que se lo trague; á nadie interesa. Lo único que importa es que los trenes vengan y vayan como es debido, á su tiempo, que la vía esté libre, que la máquina- hombre funcione lo mismo que la de vapor. No creáis que el jeEe protesta contra esta necesidad. Al contrario; se ha penetrado de ella caal el buen soldado de la rigurosa disciplina. Su conciencia, siempre vigilante, le reprende cuando se deja llevar, con tierna distracción, hacia la cunita de la nene enferma y ausente. ¿Qué es eso? ¿Acaso tiene el jefe de Cigüeñal el derecho de ser p a d r e solícito, inquieto, mimoso? No, no; él desempeña otra misión en el m u n d o A su puesto. Firmes! Sólo una cosa preocupa al jefe. ¿Conservará m u c h o tiempo la resistencia física? A veces nota desvanecimientos; su cuerpo se inclina á los lados como el de un beodo; sus piernas parecen hechas de algodón eu rama; su memoria no retiene lo más usual; su vista se debilita; su corazón diríase que va á pararse; estallan de jaqueca sus sienes. Apura el vaso de vino añejo y se reanima. (Animo! Una vez más! A esperar el tren, el tren de Portugal, el duodécimo t r e n aquel día despachado, ü n tren de compromiso; porque casi inmediatamente, en sentido opuesto, viene el mercancías, y es preciso que éste no salga h a s t a que llegue el otro. De pie en el andén, el jefe presta oído. TJn repique del telégrafo le hace estremecer. ¿Será comunicación do Auriabella, noticias de la criatura? L a m a d r e acude con frecuencia á este medio p a r a enterar al padre. Por la m a ñ a n a le ha dicho lacónicamente: No hay novedad. No mejora. De un. salto el jefe se acerca al aparato, desvía al telegrafista, descifra la comunicación y se incorpora, llevándose las manos á la cabeza, con ademán de loco. H a leído u n a frase sencilla: cSin esperanza. La niña ha muerto! Sí, ha muerto, de seguro; ese telegrama no es de la madre; es de algún amigo oficioso que prepara la fatal noticia ¡Sin esperanzal El jefe se choca contra la mesa de la oficinai El telegrafista, solícito, alarmado, le llama, le mueve; cree que se trata de u n accidente mortal, de algún derrame No. El jefe se- levanta lívido, con los ojos atónitos, y en voz d e s m a y a d a murmura: Allá voy El t r e n está ahí. E r a cierto. El tren había llegado. Por primera vez, desde hacía años, encontrábase el jefe ausente del andén en tal momento; jQué grave falta! Pero ya acudía á remediarlo todo, á establecer el orden, á vigilar. Las piern a s se resistían u n poco; la maldita cabeza parecía tener dentro u n a humareda e s p e s a y ardiente; los ojos veían lucecitas rojas No importa. Allí estaba el jefe cumpliendo su función. ¡La salida! ¡En marcha! Adelante el tren de Portugal! Aún r e t e m b l a b a n los raíles; aún no se había disipado el humo de la locomotora, cuando el jefe, que se retiraba á su oficina tambaleándose, exhaló un gran grito, dos exclamaciones, y se quedó. luego como hecho de piedra: ¡El mercancías! ¡El mercancías! E s imposible imaginar la desesperación de su acento. Aquel mercancías, el número írece del día, se acercaba; estaba avisado. No podía salir el portugués hasta la llegada del otro, á no ser que el otro trajese retraso y diese espacio al cruce en la inmediata estación. Sólo el jefe podía saber esto. ¡Y el jefe sabía, había olvidado y recordaba entonces que el mercancías venía ya, en sentido contrario al t r e n acabado de salir! No acertó ni á explicar lo que le pasaba, ni á t r a n s m i t i r la alarma horrible. Sus manos, mecánicamente, quisieron aflojar la corbata y el cuello, y no lo lograron. Cayó de cara contra l a tierra. E s t a vez sí que era congestión fulminante. E M I L I A PARDO BAZAN DIBUJOS DEi MÉNDEZ BRINCA