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SIN ESPERANZA h jeíe de estación, en su lugar, aguarda el tren, -el duodécimo en aquel día despachado. (Qué movimiento el de la estación de Cigüeñall Cosa de no parar un instante. Apenas sale u n tren, ya es preciso pensar en la llegada de otro; y los intervalos de silencio y calma en que el a n d é n enmudece y se ven los raíles desiertos, á estilo de severas arrugas sobre u n rostro caduco, se diría que hacen resaltar, por el contraste, el bullicio infernal de las e n t r a d a s y salidas. El jefe aguarda. Dominando la fatiga, por u n a tensión mecánica de la voluntad; llamando en su ayuda las fuerzas de u n organismo en otro tiempo robusto, hoy quebrantadísimo, minado en todos sentidos, como la tierra de los hormigueros, no piensa, no quiere pensar sino en su obligación. Terrible es la faena diaria del jefe de Cigüeñal. Para él no hay domingos, días festivos, Carnavales ni Navidades; para él no hay día ni noche; cada una tiene que levantarse tres veces: en invierno, tiritando; en verano, sudoroso, debilitado, aturdido; para él la vida es una serie de sobresaltos, y al campanilleo del telégrafo r e s p o n d e el golpe de su corazón en perpetua inquietud, el latir de sus sienes, que acabarán por estallar ijo la presión férrea de la atención siempre fija. Al conseguir aquel puesto, el jefe se había casado con una señorita po. bre, á quien desde hacía tiempo ama ba. Ninguna dulzura encontró en la luna de miel. Engulló la dicha; no la- saboreó. No tuvo tiempo de darse cuenta de que era feliz. Ciertamente i -j que no había soñado el buen h o m b r e con embriagueces líricas en noches de luna, ni con éxtasis de misterio en jardines saturados de perfumes. Sus aspiraciones eran más modestas. Comer tranquilamente al lado de su esposa, llevarla del brazo á u n paseo V por los alrededores pedregosos y áridos de la estación, cerrar t e m p r a n o la puerta en una velada de invierno y no despertarse hasta bien entrado íi f I el siguiente día, p a r a beber, arropa: i dito en el tálamo, u n vaso de café c a l i e n t e azucarado, reanimador Bastábale este idilio en prosa llana, humilde Pero humilde y todo, no se lo deparaba la fortuna. E s t a b a n allí celósos, exigentes, los dos númenes: el Deber y la Responsabilidad prohibiendo toda expansión inútil; reclamando cada hora, cada minuto, cada segundo. Y el jefe de Cigüeñal no supo cómo será esa cosa tan dulce é inefable: la proscripción del reloj, el olvido del tiempo en la intimidad amorosa. Ahora, como le ha nacido una niña el jefe quisiera poder ser p a d r e u n día entero. Aspiración irrealizable también. Caricias rápidas, momentos fugaces de tener en brazos á la criatura: nunca u n hartazgo de paternidad, con labios besucones y manos entretenidas en confeccionar juguetes de papel, barquitos y pájaras. La niña ha llegado al período de la dentición; ya balbucea palabras, ya sufre dolores El padre ni lo oye ni lo ve. Los dos Molochs- -Responsabilidad y Deber- -le reclaman, le sujetan, le oprimen m á s y m á s ¡Al andén, á la oficinal IA la oficina, al andén! ¡A dar la salida, á recibir! A recibir, á dar la salida! Atención al telégrafo! ¡Que falta u n coche! ¡Que llega la expedición! ¡Que al menor descuido ocurrirá u n a catástrofe! Y cuando la n i ñ a se enferma gravemente y su madre tiene que llevársela á Auriabella, á consultarla con u n médico de renombre, allí se queda el padre, el corazón apretado, la garganta llena de sollozos á medio formar, el alma nublada por presentimientos negros, anheloso del triste goce de r u m i a r su pena; pero con el pensamiento confiscado, sujeto á la cadena de sus funciones, de la cual n o es lícito ni tirar. ¡Extraña esclavitud! Otros dedican á la labor las fuerzas corporales, y mientras tanto su m e n t e recorre los espacios, va libre adonde la lleva la voluntad. No así el jefe de estación. Aun en sueños, en los agitados y cortos sueños que llega á conciliar, le aprieta el cuello la argolla de esclavo, y tiene pesadillas en que ve hacinarse y cabalgarse brutalmente los destrozados vagones, ó subir las llamas devorando los depósitos de mercancías. Lo que él quisiera contemplar es la cara sonrosada y picada de hoyuelos por la risa; las pupilas luminosas, negras, candidas; los rizos alborotados, en que juguetea el sol, de su nene. ¿Cómo estará? ¿Qué estragos hará en esa faz adorable el padecimiento? ¿Y las hinchadas encías, calientes, dolorosas? ¿Y el vientrecito, duro y estirado como el parche de u n tambor? ¿Volverá al lado de su p a d r e la criatura? ¿Regresará sólo la madre, con los ojos enrojecidos y las mejillas azuladas, devastadas por el llanto de desconsuelo que arranca el dolor de los dolores? El jefe siente que esto es lo único que realmente le importa en la vida; y sin embargo no le es permitido sar en ello. Su cabeza pertenece á la Compañía y á los viajeros. El drama íntimo de aquel hom- I I