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El alcalde, participando de la emoción de los demás, desdobló n sámente la papeleta, y la miró con fijeza durante unos instantes. 11 miró hacia el público, y con voz un poco temblorosa pero clara, dijo- -Número treinta. Bartolo estaba libre. XII Aquella misma mañana, después de celebrar su buena suerte con la familia, el herrero y otros amigos, Bartolo fué á la ragua. No era día de trabajar, pero tenia que recoger unas herramientas arregladas la víspera para llevarlas al dueño. En cuanto llegó se sentó en el yunque á fumar un cigarro. No se tendrá gran cariño al sitio en que pasa uno la vida trabajando, pero la costumbre arrastra hacia él, y cuando hay una alegría parece como que gusta saborearla allí donde tanto se había pensado antes en ella. Metria llegó de la calle en aquellos momentos, y viéndola abierta se asomó á la puerta de la fragua. listaba muy guapa entonces la muchacha, un poco sofocada, como de haber andado de prisa en almadreñas por la nieve, y risueña como los rayos del sol que bajaban á la tierra colándose por las grietas de las nubes. No parecía la de aquella última temporada; triste, pensativa, silenciosa. Era la de unos meses antes: alegre, bromista, habladora. Ya lo sé, Sapo, ya lo sel- -empezó diciendo en cuanto vio á Bartolo. -Ya sé que te libraste. iCon las ganas que yo tenía de que marcharas, para reírme de ti cuando volvieras con unos pantalones encarnados muy anchos, muy anchos! ¡Lo gracioso que hubieras estadol- Malos diablos me lleven si te entiendol- -exclamó Bartolo furioso, apretándose la frente con los puños. ¿Pues no te hablo bien claro, Sapo? -repuso la muchacha riéndose á carcajadas. Bartolo no contestó. Quedóse mirando fijamente á Metria, y durante largo rato permanecieron los dos si lenciosos. ¿Me quieres hablar con franqueza y sin burlarte de mí unas palabras, Metria? -preguntó por fin el mozo. Ay qué Sapo- -exclamó ella; -no es nada lo que pidel No seas como eres, y verás cómo no me burlo de ti. -iMetria, Metrial- ¡Sapo, Sapol- Mira, embustera, ríete, búrlate, pero quieres á este Sapo! -rugió Bartolo. A. y qué gracial- ¡Lo que oyesl Y yo ¡yo no sé si te odio mucho, mucho, ó te quiero mucho más, Metria! -añadió el mozo. Y con rapidez increíble avanzó hacia la muchacha tembloroso, con los ojos saliéndosele de las órbitas, pálido, desencajado, y tendiendo sus brazos de hierro. Metria no huyó. Miró al mozo á través de las gruesas lágrimas que la asomaban á los ojos, y después, bajando la vista al suelo, díjole como avergonzada, pero con decisión: ¡Pues sí, te quiero. Sapo; te quiero con toda mi alma! XIII Transcurrieron algunos años, y Metria y Bartolo se casaron. El viejo herrero murió y ocupaba su puesto Bartolo. El de éste lo ocupaba ¿quién diréis? Lo ocupaba Metria. Bartolo no trabajaba tan bien como su suegro, y acudía menos gente á calzar azadas y á arreglar hachas y azuelas. No se ganaba para oficial en la fragua. Había que esperar á que el chiquillo mayor pudiera tirar de la cadena del fuelle, y en tanto veíase colgada de ella frecuentemente á Metria. Pero ¿qué le importaba eso? Mil veces pasé en la diligencia por delante de la fragua y siempre vi á Metria, un poco manchada por el polvillo del carbón, eso sí, pero sonriente, alegre, venturosa al lado de su Sapo, que azotaba forzudo el yunque, cuyos sonidos temblorosos y agudos seguían al coche durante largo rato. DKLFTX F E R N A X D K Z Y (lOXZALIÍZ