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L a muchaclia le ve acercarse, y á su sonrisa, á su contento habituales, sucede una seriedad grande. Fácil mente se nota en ella profunda turbación, q u e n o pasa inadvertida para el mozo. Luego baja la vista al suelo a c o b a r d a d a su. s mejillas, antes viv a m e n t e encarniídas, palidecen; sus manos juegan nerviosas con u n pañuelo- -Vaya, ¿vamos á baiUii- íletria? -p r e g ú n t a l a el mozo. T a r d a en contestar al fin- -Vamos, -dice en voz a d e l a n t á n d o s e dos pasos. I n m e d i a t a m e n t e empieza á bailar la nu i pronto ve el público defraudadas sus esperan sabe bailar! Los jugadores de bolos vuélvense á contii i L a gente m u r m u r a d o r a ocupa nuevamente su sitio desencanto ha sido gi- ande. Metria va recobrando visiblemente su alegría y bromea con el oficial. ¡Jiien, Sapo, bien! Lo estás haciendo casi como una persona. Bartolo a h o r a no se enfada, s e ríe, s e ríe francamente, sin señales de coraje. Después t e r m i n a aquel baile, y el mozo vuelve á la bolera contento, satisfecho de sí mismo y mirando á todos lados orgulloso de su triunfo. IX Aquella tarde ya no bailó m á s Bartolo. Pero en las d e los domingos sucesivos rara vez dejaba de hacerlo. Y a el piiblico hallaba tan natural después verle bailar, q u e si algo e x t r a ñ a b a era que no lo hiciera. E n cuanto comía íbase á jugar á los bolos todos los domingos, ó á continuar jugando, mejor dicho, pues que jugando pasaba también las mañanas, A poco llegaban las mozas, empezaba el baile, y Bartolo, aprovechando los m o m e n t o s que el juego le dejaba libre, bailaba. Su primera pareja siempre era Metria, ya se sabía. Luego lo era indistint a m e n t e cualquiera de las otras mozas; pero empezar, había de empezar con la hija del h e r r e r o Creía Bartolo que al principio estaba m á s presentable y que bailaba mejor, y por eso era á Metria á quien primero se dirigía, para que la muchacha hallara en él m e n o s motivos de burla. Entonces figurábasele que se diferenciaba poco de los otros mozos, con su chambergo echado sobre la oreja izquierda, su r a m o de siemprevivas colocado en la cinta del mismo sombrero, su chaleco desabrochado y su gran faja encarnada sujetando los anchos pantalones de pana, y no quería dejar para m á s tarde su exhibición. lluego ya se descomponía: sudaba copiosamente, poníase encarnada su cara como un tomate maduro, algún amigo le r a p i ñ a b a el r a m o d e siemprevivas, la faja se le aflojaba y caían sus vueltas por las piernas abajo, los pantalones iban descendiendo también de u n modo ridículo, y como consecuencia de estos dos últimos contratiempos inevitables p a r a él, h a l l á b a s e m u c h o menos suelto p a r a bailar. No le faltaban, no, razones para dirigirse á Metria a n t e s que á las d e m á s P o r q u e en verdad que era traviesa la muchacha, y había que p r e v e n i r s e bien p a r a presentarse á ella. X L a p r o x i m i d a d de la época d e la quinta era temible p a r a los mozos. Entonces no habíamos perdido a ú n n u e s t r a s colonias, -y cuando se acercaban los sorteos, todos los pobres temblaban ante la probabilidad de ir á morir lejos de su país. Bartolo c u a n d o se acercaba su sorteo tenía miedo, como los d e m á s Y aún antes lo tenía. Antes le había conocido Metria que algo extraoi dinario le ocurría; antes había notado en él cierto disgusto, cierto mal h u m o r m á s hondo y m á s constante que el que sus burlas solían producirle, y había procurado y conseguido averiguar á qué obedecía. El mismo Bartolo, que al principio se obstinaba en no decirlo, porque le parecían indignos de un h o m b r e sus temores, habíalos confesado, contra su propia voluntad, á la muchacha, esperando verla reírse de ellos. Por fortuna, Metria aquel día no había tenido ganas de broma, al parecer, y al oir las cuitas de Bartolo habíase levantado de la sillita en que se hallaba sentada cosiendo en el portal, y había entrado en casa sin decirle una palabra. Lo cual había extrañado b a s t a n t e al mozo, por cierto, pero no t a n t o que le obligara á preguntar á la hija del h e r r e r o por qué no se había burlado de él. Antes bien, cuidó de n o detenerla, y en los siguientes días h u y ó de hablarla á solas, p a r a no hallar lo que entonces había echado de menos. Por su p a r t e Metria parecía n o ponerle grandes tropiezos en aquella huida, y hasta se la facilitaba h u y e n d o también ella m á s de lo que Bartolo deseaba. Había dejado de salir á coser al portal, entraba en la fragua solamente cuando estaba acompañado el mozo, ó iba á la fuen t e cuyo camino era el m i s m o que el d e l domicilio d e Bartolo, antes que éste dejara el trabajo, no al mismo tiempo, como ocurría en la temporada anterior. Bien ¡nonto not ó esto B a r t o l o pues que los actos todos de M e t r i a constituían el alimento casi único de su menguado pensamiento, y no iba á desperdiciar I ui 1 r i ligo más que una migaja, y hasta empezó á poco a notar además en la joven alguna tristeza, dema siado nueva en la hija del herrero para que pasara inadvertida al oficial. Pero todo quedó por entonces sin explicación para el mozo, porque de n a d a de ello se la pidió á Metria, y do día en día fueron tomando giro más distinto del de antes sus conversaciones, que ahora iban siendo serias, formales y exentas de bromas y burlas por i aite de la muchacha, dominada por una murria que se hacía notable, no ya para Bartolo solamente, sino p a r a todos cuantos la trataban algo. XI Debía celebrarse el sorteo el primer domingo de Febrero. El día y la noche anteriores había llovido copiosamente y habíase sentido un frío intenso, y aque a mañana, la del domingo, apareció el valle cubierto de nieve. Los habitantes de Vejo se acercaban á la iglesia á oir misa; las mujeres escondiendo el rostro e sus mantones de lana, y los hombres entre sus capas ó entre grandes tapabocas ondo gris y cuadros negros. ontinuaba nevando. Los paraguas llegaban completamente blancos. Las ramas I delgadas de los árboles no podían con el peso que se iba acumulando sobre 3, y de rato en rato se oía. crujir alguna que dejaba caer su carga de nieve. El rui ue ésta producía al llegar al suelo, un ruido sordo, era el único que se escuchaba. pisadas de la gente sobre la nieve no le producían grande ni chico, y las converones eran tan escasas, que tampoco llegaban á formar rumor. Nadie quería, por usto d e decir dos palabras, descubrir la cara y exponerla á los latigazos del vien 11o que corría. ante, Metria, al llegar á la puerta de la iglesia, junto á la cual estaba Bartolo penardando con otros hombres á que fuera la hora d e empezar la misa, descorrió un r al lado del mozo, y sin detenerse ni mirarle le dijo en voz baja, que sólo él suerte, Bartolo! 3 Íó dentro del templo la muchacha, y el oficial continuó donde estaba, con la pa. jle en el cerebro por no haber tenido tiempo de darla salida oportunamente. Después entraron los hombres también en la iglesia, y más tarde, apenas terminada la misa, Bartolo y los demás mozos de su quinta marcharon al Ayuntamiento, donde debía comenzar el sorteo inmediatamente. A derecha é izquierda del p r e s i d e n t e fueron sentándose hasta ocho concejales, envueltos los m á s en viejas capas azules, y en un rinconcito ocupó su sitio el secretario ante u n pequeño velador. Más allá, pasada una balaustrada, estaba el público, los mozos que i b a n á ser sorteados, y sus familias y amigos. P o r orden del alcalde avanzaron h a s t a su mesa, y s e colocaron uno á cada lado de ella, dos chiquillos previamente avisados. Puso entonces el secretario sobre la misma mesa y al alcance de los chiquillos dos cajitas de madera, y á poco, tras breves p a l a b r a s del presidente y en medio de un silencio absoluto, empezó el sorteo. E n el público todo, en el que estaba en primera fila apoyado en la balaustrada y en el que se veía m á s a t r á s asomando las caras trabajosamente p a r a enter a r s e de lo que se hacía delante, notábase una ansiedad grande. Uno de los chiquillos metió lo mano en la caja que tenía junto á sí y sacó un papelito doblado, que entregó al alcalde. Este lo desdobló, retiró u n poco el cuerpo hacia u n lado p a r a dejar pasar la luz de la ventana, y leyó u n nombre, el de uno de los mozos que se sorteaban. Seguidamente, el otro chiquillo sacó de su cajita otra papeleta que entregó también al presidente, quien desdoblándola leyó en ella un número. E r a el que correspondía al mozo cuyo nombre acababa de leerse. E n esta forma continuó el sorteo d u r a n t e largo rato, escuchándose cada vez que se leía un número u n murmullo de aprobación ó una exclamación de disgusto, según que fuera alto ó bajo el n ú m e r o Aquellas pobres gentes hubieran querido que todos fueran altos; pero esto no era posible. Bartolo, que era uno de los que se hallaban en primera fila, tardaba en oir su nombre, ú impacientábase ya y sentía por momentos mayores temores, porque los números altos iban saliendo casi todos, mientras que aún quedaban por salir bastantes bajos. P o r fin, quedaron solamente en las cajas dos nombres y dos números. Los números eran el uno y el treinta, el primero y el penúltimo. El chiquillo que sacaba las papeletas de los nombres cogió una de las dos que había en la caja, la entregó al alcalde y éste leyó el n o m b r e de Bartolo. Inmediatamente, el otro muchacho sacó de la caja de su lado otra p a peleta y la entregó, como su compañero, al presidente. La ansiedad más profunda pudo notarse entonces en todo el mundo. Cesaron las toses, los murmullos, los cuchicheos. Dijórase que hasta las respiraciones se contenían. El silencio era com pleto, absoluto.