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LA FRAGUA DE VEJO NO EI, A DE D. DELFÍN FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ. ILUSTRACIONES DB MÉNDEZ BRINCA DEL CERTAMEN LITERARIO DE BLANCO Y NEGRO Conclusión Y iqi L baile duró aquella noche hasta que el mozo se rindió de dar patadas en el suelo, de levantar torpel S lv mente los brazos y de dar vueltas con la misma pesadez con que las dan esos osos que exhiben en los pueblos, atados de una cadena. Las lecciones continuaron con gran satisíaoción de Metiia, á quien divertían grandemente, y á despecho de Bartolo, que cada vez se desesperaba más, por espacio de algunas semanas. Por iín, una noche la muchacha llamó á sus padres para que vieran cómo bailaba el oficial y para que le convencieran de que podía perfectamente hacerlo en público, sin temor de que nadie, más que ella (asi se lo dijo á Bartolo) se riera de él. El herrero y su mujer se admiraron de sus progresos y le animaron á que el domingo echara un baile en la bolera, con lo cual Bartolo empezó á sentir cierta satisfacción, que pronto la trocó en disgusto su maestra dicióndole: Ya verás, ya verás, Sa 2 o! Me voy á hartar de reír. VIII Bartolo jugaba bien á ios bolos, y ésta era su diversión preferida todos los domingos, si el tiempo lo permi tía. Aun lloviendo, muchas veces jugaba, si el agua no era muy fuerte. En esos días de primavera en que el rocío no cesa un momento, ese rocío menudo como polvo, cuando Bartolo dejaba el juego, ya de noche, hallábase empapado en agua. Pero hasta entonces no lo notaba, y entonces ya importábale poco: había pasado un buen día. Aunque se hacía el baile los domingos por las tardes en unos campos inmediatos á la bolera, Bartolo jamás se había parado á mirarle, ni aun cuando recibía ya lecciones de Metria. Sólo aquel domingo en que debía él bailar por primera vez, cuando un par de mozas empezaron á cantar y á tocar sus grandes panderetas con cascabeles, dejó el mozo de prestar atención al juego, y dirigió la mirada allá, al otro lado de la bolera, donde él baile comenzaba. Ya entonces se hallaba Bartolo un poco nervioso- -porque aunque parecía inverosímil, tenía nervios aquel bulto. -Sentía así como cierto cosquilleo por la espalda, temblábanle algo las pantorrillas y las manos, y la boca se le secaba. Estaba emocionado. El, al notarlo, lo halló extraño, porque nunca había sentido cosa parecida, y pensó que todo ello debía ser miedo; y le pareció ridículo sentirlo. Lo que él se decía; ¿Por qué ese miedo? ¿No sé bailar? Y si no sé ó no quiero hacerlo, al fin y al cabo, ¿quién me obliga? ¿Qué compromiso he firmado yo, ni qué palabra he dado siquiera? Iba ya á desistir, cuando su mirada tropezó con la de Metria, que le sonreía provocativa, como desaflándole. Maldita Metria! De seguro que estaría ya saboreando lo que se iba á reir de él ¿Qué hacer? La emoción crecía, aumentaba el temblor de las manos, y las piernas hasta parecía que flaqueaban. Los labios se pegaban uno á otro resecos Las cantadoras entonaban el segundo cantar Qué compromiso! Metria seguía mirándole y sonriéndose Qué demonio de mujer aquélla! Ya estaba fascinado el mocetónl- Muchachos- -dice á sus compañeros de juego, -si me toca tirar, que lo haga otro por mí! Voy á bailar. ¡Santo Dios, á bailar Bartolo! Esta exclamación de asombro recorre rápidamente la bolera de punta á punta. El juego se suspende. Los jugadores y el público todo acuden hacia el baile presurosos á presenciar de cerca el nuevo espectáculo: Bartolo bailando. El mozo llega donde Metria, alta la cabeza, alegre, aparentando perfectamente una serenidad que le falta.