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jf. Í 3 BB, K nfísi ¿l L ¿3 í Cuando la opinión pública da por seguro u n hecho, ella misma se encarga de inventar la comprobación, y lo que había nacido de la palabra de un malicioso, tuvo en seguida los caracteres de cosa demostrada. No faltaba quien asegurase que tenia noticia del delito porque uno d e los que habían dado el tanto por ciento al alcalde se lo había referido en secreto; pocos días después, algunos afirmaban haber oído al alcalde mismo alabarse de tan fea acción; y por último, con motivo de h a b e r comprado u n caballo el aludido señor en aquella época, se dio por cierto que con lo robado á los pobres se había satisfecho el importe del animal. H a y que advertir que el caballo había costado al alcalde bastante más de tres mil pesetas; p e r o eso n o importaba; la calumnia no repara en absurdos para apoyarse, y lo inverosímil mantiene la m e n t i r a mejor que la verdad. El resultado fué que entre los inventores de la picardía, los crédulos, los tontos y los que necesitaban hacer ruido, a u n q u e no creyeran la especie, se condensó la atmósfera lo bastante para 7 producir un verdadero motín. Una noche, cuando ya quedaba muy poco dinero que repartir, el pueblo se amotinó frente á la casa de la primera autoridad. A los gritos de ¡muera el alcalde! muera el ladrónl sucedieron los d e larrastrarlel ¡quemar la casa! y de l a s palabras se pasó á las obras. Después de u n a s cuantas pedradas, los m á s osados rompieron una puerta y penetraron en el zaguán. E l alcalde salió corriendo rpor la puerta del corral, y al paso que su edad le p e r m i t í a se dirigió á casa de D, Aniceto, seguro de que era la única persona del pueblo que podía salvarle. Pero había sido visto, y los amotinados llegaron también á la casa del cura en el moment Aniceto con voz angustiada: -Vengo á que usted me salve. La alcaldesa, que quería á su marido, al verle en peligro se arrojó en sus brazos; el alcalde se dejó abrazar sin atender en aquel momento más que á su propia conservación, repitiendo á D. Aniceto: -Sálveme usted, D. Aniceto; yo le juro, por Dios bendito, que soy incapaz de quedarme con u n céntimo de nadie; lo que se piensa de mí es una infamia. -Es verdad- -respondió sosegadamente D. Aniceto; -pero todos lo dicen; -y salió de la habitación para dirigirse á la puerta de la calle. L a frase todos lo dicen llegó al alma del alcalde; i n s t a n t á n e a m e n t e comprendió la intención con que el cura se la repetía; eran las palabras con que él había condenado á la mujer que en aquel m o m e n t o le abrazaba estrechamente. ¿Sería ella tan inocente como él lo era del delito que en aquel momento quería castigar su pueblo? Lentamente se volvió á su esposa, y rodeando con sus brazos su débil cuerpo, reclinó la cabeza sobre uno de sus hombros. E n aquel momento, el sordo rumor de tempestad que producían las amenazas del pueblo se calmó súbitamente. E r a que D Aniceto acababa de salir á la calle. Pocos momentos después, y cuando hubo obtenido que cada cual se marchara á su casa, volvió á la estancia, y al ver abrazados á los dos esposos, empezó á palmetear con alborozo, y echándoles su bendición, exclamó: -E s t á visto que el h o m b r e no a p r e n d e nada sino en cabeza propia. H 1 á E M I L I O SÁNCHEZ PASTOR DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA