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V S fc n ó contristado 1 a casa; todop lo decían, en efecto, pero, no era verdad; aquel nxédico tenía la vanidad de aparecer coñao irresistilile conquistador de hembras. No bastaba que una, mujer le negase hasta su amiatad. En ctiaato hablaba con una qije le parecía digna de su mentida. f? i, ma, ya se la estaba adjudicando. como conquista realizada. Las malas, lenguas completaban. la obra, y la tontería de aquel hombre quedaba satisfecha. Esto, lo sabía de sobra i) Aniceto, y se propuso volver á reducir al alcalde, pero cuaiido pasaran algunos días. Entre tanto consoló cómo pudo á la desgraciada mujer; la dio casa y alimentos en su propio domicilio, y empezó una verdadera obra de reparación, hablando á todo el mundo, llevando al ánimo de las gentes la convicción de que el alcalde había sido tan injusto como bárbaro, produciendo aquel escándalo y arrojando una mancha tan atroz sobre un alma ino, cente. Algunas tentativas realizó con el alcalde mismo el bueno de D. Aniceto, pero siempre sin fruto: en su casa no le recibía; y si se encontraban en el ca, mpo y el cura intentaba hablar del asunto, el marido obcecado daba media vuelta y dejaba al párroco con la palabra en la boca. Pasaron algunos meses, y á consecuencia de una granizada que cayó en la comarca, la mitad de los labradores perdieron sus frutos y la miseria amenazó al pueblo con su terrible aparición. No hubo más remedio que acudir á los Poderes públicos, y gracias á la influencia del diputado del distrito, se logró que el ministro de la Gobernación otorgara tres mil pesetas para socorrer á los labradores más perjudicados por el pedrisco. Después de muchos trámites, porque la administración no entrega tres mil pesetas sin un largo y enojoso expediente, llegó la cantidad al pueblo, y sobre el alcalde cayeron un diluvio de peticiones. Con trod pesetas no había para empezar á socorrer víctimas. El perjuicio sufrido. por cualquiera de. los labradores que tenían sus tierras en la parte Norte del pueblo (comarca devastada por la nube) importaba mucho más. ¿Qué hacer en este caso? Después de consultar el alcalde á las personas más justificadas del pueblo, se decidió á someter el reparto á las siguientes bases; Primera, se empezarían las donaciones por aquellos á quienes el temporal había causado mayor dafio; segunda, se exceptuarían de la limosna á los que, teniendo otros medios de vivir, por buenas cosechas en años anteriores, ó por otra causa, podían resistir mejor la desgracia. Aunque todo esto resultaba muy equitativo, los que iban á recibir menor cantidad que otros, y los que no iban á recibir ninguna, comenzaron á protestar: No bastaron razones para convencerlos, y de las conversaciones privadas se pasó á las censuras en voz alta. Poco á poco la opinión se fué excitando, y la envidia de los que ningún dinero debían percibir atribuyó la excepción á una picardía del encargado del reparto. -El alcalde- -dijo uno de los palurdos que se la daban de listos- -no paga más que á los que le dejan un tanto por ciento de la cantidad que reciben. Y no fueron necesarias más pruebas para que la mayoría del pueblo aceptara como bueno aquel aserto. Todos los excluidos de la limosna lo creyeron como una verdad evangélica, y las mismas personas que nada tenían que ver en aquel asunto, lo dudaron por lo menos.