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Í T V- K íí. í Ux r -1. í iwf r -iH íUfliPIt flíí 4 W í S LO DICEN TODOS j UANDO volvió de Madrid el alcalde de Malavilla, lo primero que hizo fué coger á su mujer de un brazo y ponerla en la puerta de la calle. -Ahora te vas con el módico pa siempre- -dijo, -y da gracias á Dios que no te mato. La mujer creyó que su marido se habla vuelto loco, y quiso entrar en su casa, pero los criados cerraron la puerta; por u n momento intentó dar gritos, pedir socorro; pero la faz burlona de algunas vecinas que asomaban por sus puertas respectivas la hirieron tanto como el acto de que acababa de ser víctima. Loca por la vergüenza y sin saber dónde encaminarse, anduvo instintivamente por algunas callejas del pueblo, cegada por las lágrimas y casi agarrándose á las paredes. La campana de la iglesia, que tocaba á vísperas, hirió sus oídos, y á la iglesia se encaminó con paso rápido. La puerta estaba cerrada, y empezó á dar golpes, a r m a n d o tanto estrépito, que el párroco, que habitaba la casa vecina al templo, salió asustado á su portal. ¡Si es la alcaldesa! -dijo; -y se acercó á hablarla en el momento en que caía desvanecida en sus brazos. El párroco de Malavilla se llamaba D. Aniceto, tenía sesenta y cinco años de edad, y merecía d e todos los h a b i t a n t e s del pueblo u n respeto que se había conquistado á fuerza de piedad y virtud. Ayudado de ¡a criada, entró en la casa rectoral á la alcaldesa, y después de prodigarla los cuidados necesarios para hacerla volver en sí, trató de avisar al médico; pero ella, que había recobrado las fuerzas, se opuso enérgicamente. -El médico no, que no venga jamás- -dijo, -aunque Dios m e lleve; -y en seguida contó al párroco lo que acababa de sucederle con su marido. El anciano cura ya conocía la historia; el médico anterior al que entonces ocupaba el partido de Malavilla, se había vanagloriado, después de abandonar la localidad, de haber intimado con la alcaldesa. Las malas lenguas del pueblo habían propalado la calumnia, porque calumnia era y muy grande, y el cura sabía bien cuántas mujeres se le habían confesado del pecado de hablar mal de la mujer del alcalde. Lo sorprendente allí era la atrocidad del marido, que después de muchos años, y sin más explicación, había dado tan enorme escándalo. El párroco, seguro de su autoridad, tomó su raído sombrero de teja y marchó en seguida en busca del alcalde, que le recibió con una grosería á que no estaba acostumbrado. -Ya sé á qué viene usted- -dijo en cuanto vio al cura; -es inútil que hablemos de eso. -Pero ¿no quiere usted ni oirme? -Es inútil; en Madrid me han enterado de lo que se dice en todo el pueblo; he debido matarla. -Pero venga usted acá- -insistió D. Aniceto. ¿Y si eso es una calumnia? -jXJna calumnia! -replicó el alcalde. -Todos lo dicen, y algo habrá. ¿Y si yo le probara á usted que es inocente? -Que todos lo dicen, -repitió el alcalde dirigiéndose á la p u e r t a para enseñar á D. Aniceto su camino.