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á K liartolo marchó inmeiliataiuente hacia ol huerto, que estaba cerca. Era un huertecito pequeño, medio carro de tierra rodeado de altas paredes susceptibles de ii se al suelo al primor soplo un poco fuerte del Sur. iSu aquel rincón solía coger la mujer del herrero todos los años algunas hortalizas, además de las peras del peral, ne estaba en el centro extendiendo sobre lo demás sus ramas como protegiéndolo, pero en realidad perjudicándolo notablemente. Para comprenderlo no había más que ver las desmedradas plantas, que se consumían, queriendo meterse otra ve por la tierra. Pero los herreros entendían poco de agricultura y culpaban al tiempo, al sol, al agua, á todo menos al viejo peral tón fin, todo esto no nos importaba V nada. Allá ellos. Al llegar Bartolo vio á Metria subida en lo alto del árbol, No le extrañó, porque otras veces la había visto en sitios semejantes. ¿Dónde vas, Sapof- -preguntóle ella en cuanto le divisó. El muchacho hizo un gesto de disgusto y guardó silencio. ¿Vienes á buscar peras? -insistió olla. -Pues no subas. Tú, si acaso, búscalas ahí abajo, entre la tierra, como tus hermanos. Mira, ahí tienes las patatas, escarba. Bartolo pateó el suelo enfurecido y acercóse al árbol, decidido á subir á él y tirar de cabeza á la insultante chiquilla. Pero en aquel momeiito oyó crujir allá arriba una rama, levantó la vista, vio m que la muchacha se caía, y dio i dos pasos más y se dispuso á recibirla. Un instante después recogíala cuidadosamente en sus brazos de hierro, que apenas se bajaron al recibir aquel peso. ¡Te tiraría contra esa paredl- -murmuró Bartolo como aprestándose á hacerlo. La chiquilla se dejó resbalar hasta poner los pies en el suelo, y sonriéndose graciosamente, un poco pálida á causa del susto sufrido, exclamó mirando üjamente al muchacho: Muy bien, Sa o, muy bien, tienes fuerzas! Luego se alejó corriendo, en tanto que Bartolo, subiendo al árbol, se preguntaba por qué no la habría dejado estrellarse en el suelo. VII Bartolo progresaba. No sólo había resistido durante algunos años el trabajo de tirar de la cadena del fuelle, sino que había tomado afición al oficio de herrero, hablase propuesto aprenderle, y no dejaba de mostrar buenas disposiciones. El tío Manuel estaba satisfecho de él. Aunque no le encomendaba trabajos delicados, de aquellos con que había adquirido fama la fragua, porque creía que de no hacerlos él la perde ría, otros de menos importancia se los hacía Bartolo, quien hecho ya casi un hombre, en camisa, con las mangas de ésta regazadas hasta los codos y la péchera desabrochada, levantando ol martillo más pesado para dejarle caer sobre el trozo de hierro candente puesto en el yunque, parecía un verdadero herrero. Tenía bnenos puños Bartolo. Ahora ya no se reían de él; por lo menos á la cara, no le insultaba nadie. Y eso que no había cambiado su aspecto: la misma era su ligura, sólo que agrandada. Pero cualquiera se atrevía ya á burlarle de aquel osol Sin embargo, tenemos que rectificar; alguien se atrevía; Metria. Qué linda moza se había hecho Metria! ¡Qué profundidad más sugestiva había en sus hermosos ojos de un color verde obscuro! ¡Qué provocativos eran sus labios, rojos como sangre, siempre un poco entreabiertos, como iniciando una sonrisal Su carácter habla variado poco. Inquieta, la; enredadora, traviesa era como de niña. Sólo que ahora, aunque los mozos la acompañaban siempre que podían, sus amistades las tein a entre las mozas. Y sólo que ahora, en los ratos que la dejaba libre el cuidado de su casa, en vez de irse á jugar, se estaba en el l) ortal cosiendo y hablando con las personas que iban á la fragua. Cuando estaban solos, ella en el portal y Bartolo en el taller trabajando, se burlaba de él como otras veces y le llamaba Sapo, y como otras veces, el mozo se enfurecía y desahogaba su enfado tirando más fuertemente de la cadena del fuelle y haciendo que los resoplidos de éste levantaran una nube de chispas y cenizas, ó azotando con más coraje que de ordinario el yunque, cuyos sonidos temblorosos y agudos llegaban al último extremo del pueblo monótonos y constantes. A pesar de esto, parecían sentir Metria y Bartolo la misma misteriosa y recíproca atracción de años antes. Cuando á él le quedaba un rato libre, no huía de su eterna enemiga; al contrario, hacia ella se iba, con ella se estaba, echando fuego por los ojos cada vez que recibía un insulto de la moza, eso sí. Y Metria, por ningún otro placer cambiaba el de estar cerca de Bartolo burlándose de él. Un día díjole ella: -Debías aprender á bailar. Sapo. -Y habías de enseñarme tú para que pudieras reirte más de mí, ¿verdad? -Eso mismo. Si quieres, esta noche empiezo á enseñarte. Verás cómo me divierto. ¡Porque tendrás que ver tú bailando! ¡Así sí que parecerás lo que yo te decía una vez: un sapo colgado de una pata! ¿Quieres? Bartolo dio media vuelta y se metió en la fragua hecho un toro. Pero aquella tarde, después de terminado el trabajo, al anochecer, allí, en el portal, empezaron las lecciones de baile. ¡Cuánto se rió Metria y cuánto rabió Bartolo! Terminará en el número próximo.