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s, todavía, que aquella me ne 8 le habian tenido ocupado durante todo el día. III La hija del herrero, Demetria, Metria, era una chiquilla extraordinaria que había mostrado siempre inclinaciones hombrunas, tomando parte en todas las diversiones de los muchachos im tanto que las de las niñas la inspiraban verdadera aversión. Si alguna vez su madre la compraba una muñeca, faltaba tiempo á la chiquilla para despedazarla, y en cambio guardaba cuidadosamente en un rinconcito de su- -w cuarto los cachivaches con que los muchachos suelen divertirse. Cuando pasaba la diligencia por delante de la fragua, Metria se encaramaba ágilmente en el estribo é iba en él durante largo rato enseñando sus gordas pantorrillas. Luego se apeaba, sin necesidad de que el coche se detuviera, y volvíase hacia casa poco á poco, deteniéndose á cada momento á tirar piedras á los pájaros, á buscar nidos ó á robar fruta, si era tiempo de ella. Eara vez se la veía con las demás ñiflas. Sus amistades teníalas entre los muchachos, con los cuales jugaba al marro por las tardes en la bolera, después de salir de la escuela. Hasta tomaba parte con ellos los domingos en las pedreas que solían tener con los chiquillos de un pueblo inmediato. Aparte el pelo, que la caía abundante por la espalda, y la cara, una carita fina y muy hermosa, creeríasela un muchacho, pero un muchacho revoltoso é inquieto vestido de mujer. Supadre, el herrero, divertíase con aquella manera de ser de su hija. Con tal que asistiera puntualmente á la escuela y acudiera á su casa á la hora de comer, y por la tarde cuando anochecía, no la pedía más. ¡Ya sentará, ya sentará, dejadlal- -solía decir cuando alguien le contaba las travesuras de la chiquilla. IV Bartolo acababa de entrar al servicio del tío Manuel. El notario había visto que era imposible sacar partido de él, y habíale despedido, A un notario no le basta que sus escribientes hagan letras bonitas; necesitan, además, que hagan muchas en poco tiempo, y eso no podía esperarse de Bartolo, por mucho que sacara la lengua. Los padres del chiquillo, así que habían visto á éste sin ocupación, habian procurado buscársela, sin reparar en la clase, porque ya el notario los había despojado de las ilusiones que ellos, pobres labradores, hablan llegado á fundar en su hijo, y habían tenido la suerte de que el herrero anduviera apurado en aquellos días, cabalmente, buscando un oficial para la fragua. El primer día que vio Metria á Bartolo tirando de la cadena del fuelle, no pudo contener la risa. -jAy, Bartolo- -exclamó la niña, -pareces un sapo colgado de una patal El herrero h a l l ó gi aciosa la comparación y se rió de gana, pero procurando ocultarse para que su nuevo oficial no sintiera demasiado la broma de Metria. Bartolo, sin embargo, sintió hacia la chiquilla una rabia profunda, y mirándola colérico, la amenazó cerrando la mano que le dejaba libre la cadena. A otra que no hubiera sido la hija del herrero, hubiérala aterrorizado aquella amenaza; pero ella sonrióse insultante, cerró á su vez las manos presentando los puños al muchacho, y añadió: ¡Sapo, sapo, sí, sapo! Luego (lió media vuelta y salió de la fragua saltando alegremente, riasta entonces Bartolo no tenía apodo. Habrían creído acaso los chiquillos que su propio nombre, tratándose del tipo de que se trataba, era el más adecuado, y no le habían puesto otro; pero ahora Ja travie muchacha acababa de atinar con uno que le cuadraba mejor. 1 Bartolo, que tenía idea bastante aproximada de su aspecto, pues que los demás II lUillos del pueblo, en fuerza de burlarse de él, le habían hecho conocer stis defectos, pen- 1 ius en adelante podrían unir aquel nuevo insulto á los muchos que solían dirigirle, y á medida que se afirmaba en esta idea, sentía crecer el naciente odio que la hija de su amo le inspiraba. Para todos los chiquillos es mortificante cualquier apodo con que se los designe; pero á Bartolo, aquel que acababa de aplicarle Metria no sólo le mortificaba, sino que le enfurecía profundamente, porque estaba ya cansado de burlas, á cual más crueles, inspiradas por su aspecto de bobo perfecto, por su gordura exagerada y por su pesadez de cerdo añejo. El despecho que ya de atrás sentía el pobre muchacho por haber llegado á creer en su inferioridad física é intelectual con relación á los demás chiquillos, crecía. Y el odio que esa creencia le hacía sentir contra todo el mundo en general, vagamente, sin que él mismo se diera exacta cuenta de la existencia de tai sentimiento, manifestábase ahora claro é inmenso contra Metria, acaso porque era la primera que con una palabra había sabido recordarle los insultos sufridos durante toda la vida y ahondar la queja ya profunda que de sí mismo tenía. Y érale tanto más dolorosa la burla, además, cuanto que llegaba como á coronar el desengaño que acababa de sufrir. Aquella su habilidad para escribir, siquiera fuera tan incompleta que de nada le servía, habíale hecho concebir algunas esperanzas, acariciar algunas iluáiones respecto á su nivelación con las demás per ledio de ella. Esperanzas é ilusiones que el notario, el despiadado notario, acababa de echar por tierra, hundiendo ai ínteiiz Bartolo nuevamente en las negruras de sus tristes pensamientos de ser inferior y despreciable por todos conceptos. Estas ideas, que si no en la forma expresada, en otra menos clara acaso, pero equivalente á ella, ocupaban la imaginación de Bartolo, lograron hacer brotar de sus ojos dos gruesas lágrimas, que corrieron por las mejillas, dejando en ellas claras señales de su paso al llevarse el polvillo del carbón que cubría la cara del nuevo oficial. V Con gran sorpresa de Bartolo, Metria no hacía público el apodo, y el chiquillo se lo agradecía sinceramente, profundamente, pero sin notarlo él mismo, ó, por lo menos, sin reconocerlo y sin dejar de odiarla, porque ella seguía insultándole con frecuencia siempre que se hallaban solos. A la vez, pues, que el odio, había en. Bartolo hacia la hija del herrero un sentimiento opuesto que calmaba sus furores. Muchas veces, cuando la niña desde la puerta de la fragua, viendo solo á Bartolo, le llamaba sapo, ó sacaba la lengua para recordarle su modo de escribir, el chiquillo echaba mano á un pedazo de hierro, á un martillo, á lo primero que hallaba, para tirarla con ello, pero inmediatamente se dominaba, bajaba la cabeza y seguía trabajando. Más adelante fuéronse acostumbrando el uno al otro hasta tal punto, que siempre que podían estaban juntos. Como el trabajo no era todos los días el mismo en la fragua, y algunas tardes quedaba al oficial un rato libre, empleábale en jugar con Metria, unas veces á los bolos, otras á la peonza, algunas á la brilla. Cuando quitaban el agua á los molinos para hacer en ellos alguna obra, iban también juntos á pescar al cauce. Muchos ratos los pasaban, otros días, pintando con carbón en las paredes de la fragua, escribiendo sus nombres y el del herrero, ó tratando de dibujar una azuela ó un hacha, á manera de muestra. Creeríaseles los mejores amigos del mundo. Y acaso lo fueran. Pero ni un momento dejaban tampoco de ser irreconciliables enemigos. Si escribían, Metria trazaba con grandes letras la palabra fatal, y aunque en seguida la borrara, antes hádasela ver á Bartolo. Si pescaban, nunca faltaba á la niña ocasión de mortificarle con alguna indirecta. Si jugaban á la peonza, no dejaba de ocurrírsela alguna comparación poco agradable para el muchacho. VI Un día de Agosto, una tarde de Agosto, sentíase en la fragua un calor asfixiante. Sin duda iba á descargar una gran tormenta, porque aquel bochorno era excesivo. El sol se ocultaba á ratos tras de algunas pequeñas nubes que á trechos manchaban ligeramente el cielo; pero no obstante, el calor no disminuía. Ko se notaba la circulación de la más leve brisa. Las hojas (le los árboles estaban completamente inmóviles, parecían de plomo. Las piedras del portal de la fragua hallábanse humedecidas, sudaban según Bartolo, lo cual era otro indicio de próxima tempestad. El herrero y su oficial estaban cansados de beber agua; no habían dejado el botijo de la mano en toda la tarde, y cada vez sentían más sed, y bebían más, y más sudaban. -Mira, ahí en el huerto de al lado- -dijo á una hora el tío Manuel á Bartolo- -tenemos un peral. Llégate á ver. si hay en él alguna pera madura, y trae las que encuentres, que algo nos refrescarán.