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JÍJV -Site. V íl 4 LAS BRUJAS DE r ECüERT) o bien que fué una l m tarde muy fría de primavera serrana, tarda y bre ve como a m o r í o de comerciante. E s t á b a m o s en el caserón rústico delante de la candela, oyendo el sonoro rumor de los robles azotados por el viento y contemplando la lejana cumbre coronada con los trozos rui nosos del monasterio, con la iglesia desmochada, s i n t i e n d o d e s p l o marse. Allí vino el loco enamorado de las ruinas, el e r r a n t e pastor embrujado, hazme reir de chozas y cañadas, y nos contó sus cuitas y repitió su historia con un recitado dulce, rítmico, de u n a infinita poesía, de una triste serenidad conmovedora. Yo no le había visto antes, pero ya le conocía, y su novela de brujas y duendes me lo había hecho amar, quizá por esa misteriosa simpatía que u n e á todos los locos. F u é una tarde así como ésta, fría, de viento; mi sombrero volaba como una hoja de roble Llegamos á la iglesia y nos metimos en lo m á s hondo, en lo obscuro, allá donde los muertos de piedra sudan agua y parece que están rezando sin moverse, con las capas desgranadas por el sudor. Ella- -alguna mujer soñada, alguna mujer imposible- -se apretaba conmigo, con miedo; ¿miedo de qué? de aquella luz de cementerio, de aquel olor que dejaban los murciélagos, de aquellos santos de azulejos, de aquellos muerte las manos en cruz encima de la espad No sé cuánto tiempo estuvimos as: rándonos... Las campanas, puestas en -lo desde que se hundió el campanario, subieron, tocaron, llamaron á cosas que estaban muy lejos, que habían de venir y vimos, espantados, venir la ronda volandera; primero los murciélagos á asquerosos, haciéndonos c a r i c i a s con sus alas de pellejo frío; luego las brujas, las brujas feísimas dando vueltas en aquella cueva que a l u m b r a b a n con llamas de sus ojos. Había ima horrible, de hombros estrechos y la cara abrasada... Otra gorda, fofa, amasada con limo. Todas seguían al macho peludo, que llamaban Trifón. Diciendoeso mismo, Trifón, Trifón se la llevaron. No la vi más. ¡Malditas sean las brujas! Y se quedó mirando la lejana cumbre, las ruinas informes que la coronaban, con u n a placidez amorosa, como si volviese á ver entre la neblina azul la mujer a m a d a que se llevaron las brujas. El viento sacudía b r a v a m e n t e el ramaje de los robles: en lo hondo de la cañada los a l t o s chopos se mecían con enérgico vaivén, y hasta las flores de color de oro ó de blancura de nieve que llenaban los prados se inclinaban en la misma dirección, estremecidas por aquella bárbara frialdad que barría la tierra. Cuando se puso el sol serenóse el campo; el viento durmióse en las cumbres y en los altos pimpollos de los árboles; apareció la luna, toda ella roja como saliendo de una gran charca de sangre, y la neblina trémula, sutil, de una delicadeza celesfe, se fué enredando en los riscos, en las matas, en las honduras húmedas del paisaje- -Voy allá- -dijo señalando á las ruinas. -Quizá con ¡a luna se vea la ronda mejor, y ¡quizá me la devuelvanl Y al e s c u c h a r l a risotada les lije, sin esperanza, alguna de que pudiean entenderme: ¡Pobres muchachos os que no h a n visto brujas en las ruinas, al lado de la mujer soñada, de la mujer imposible, y no vuelven, enamorados y rendidos, á buscar la mujer que se llevaron las brujas! ¡Pobres m u c h a c h o s los que no estuvieron locos alguna vez 1 J O S É NOGALES DIBUJO DE REGIDOR