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vf. ífcCSí J iiíMPKis había oído decir yo, Sebastián Gilí, qno un gato negro trac la suerte, y puse empeño en tener uno. Pero como el que tiene un gato negro no quiere venderlo, la adquisición era muy difícil. Lo animcié en los periódica, La persona que desee vender un gato negro, puede dirigirse á D. Fulano de Tal, calle de Tal, número tantos, que lo pagará bien. Kada, no acudió nadie; y por aquel entonces mis negocios iban muy mal, y necesitaba mejorar de fortuna. Un día, al cruzar Madrid de un lado á otro para resolver muchos negocios urgentes, vi un gato de piel negra y brillante sentado á la puerta de una carbonería. ¿Qué me cuesta preguntar si quieren venderlo? me dije; y dirigiéndome al carbono ro, que con su cara tiznada parecía un rey moro, le pregunté: ¿Quiere usted venderme el gato? Sin vacilar respondió: -lío hay inconveniente. ¿Cuánto quiere usted por él? -Cuatro duros. -Como éstos. Le di los cuatro duros; el gato fué encerrado en un saco y llevado á mi casa. Gran alegría en la familia. L a suerte se nos entraba por las puertas. Todo iba á cambiar, según aseguraba la cocinera, que era medio gitana. Sin embargo, aquella noche se le pegó el arroz, y al bajar á buscar los postres rodó por las escaleras y se rompió un brazo. -Mala entrada h a tenido el gato, dijimos. Y la cocinera observó: -Todavía no está hecho á la casa; es menester que lleve dos ó tres días- ¡xVh! bueno. Al día siguiente vino á vernos un pariente lejano, y estando de visita le dio nn patatús y se quedó muerto encima del brasero. Mientras acudíamos á él, se metió un desconocido en la antesala y me robó la capa. Pasamos todo aquel día ocupadísimos en declarar, vestir al muerto, buscar manera de enterrarlo toda la semana aquella fué muy molesta. Y apenas habíamos descansado de las emociones sufridas, la criada cayó en cama con las vinielas. Hubo que sacarla en una camilla y llevarla al hospital y pagarlo la íisistencia ¡Una delicia! -C- -íS j