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I ON mayor motivo que el h u n o Etzel ó Atila, debió el sevillano Genserico s- er llamado fatídicamente Azote de Dios. J) esde quoi sucedió á su hermano Gutiderico, ni en Occidente ni e n Oriente hubo sosiego. Llenan los anales del siglo V sus empresas, sus irrupciones, el choque de los escudos de sus ligeros y ardientes soldados vándalos. Aeeio, que logró contener á Atiia y escarmentarle en los campos cataláunicos, n a d a pudo contra el conquistador español. A los veintidós años pasaba el Estrecho, arrasaba el África y se hacía señor de cuanto en ella poseían los emperadores romanos y bizan tinos. Desde allí, alzando el vuelo como águila caudal, se arrojó sobre las codiciadas costas del Mediterráneo. De Sicilia á Koma estaba franco el camino, y Genserico lo anduvo. Atila se había rendido á los ruegos del Papa, que intercedía por la Ciudad Eterna. Genserico, más feroz, no hizo caso del santo viejo, y saqueó y asoló por espacio de medio mes. Después de Roma, Bizanoio ofrecía rica presa; las tropas de Genserico avanzaron h a s t a las puertas d e Constantinopla. Setenta y u n años vivió el terrible rey, y á sus previstas crueldades de invasor unió las del fanático reliirioso. Genserico era arriano; los fieles le debieron u n a persecución nueva. De las primeras ciudades que en Italia acometieron los vándalos fué la semi- africana Palermo, en Sicilia. La rfíce- -así suele Palermo ser nombrada- -tuvo sino de invadida; como se disputan los piratas á una cautiva hermosa, se la disputaron, á través de la historia, vándalos, sarracenos, ostrogodos, españoles y franceses. Genserico, al apoderarse de la ciudad, la entregó á la soldadesca; la tea y la espada hicieron su otício; las calles se llenaron de cuerpos insepultos, descabezados á cercén ó abiertos á cuchilladas; con la pez y el azufre, que la isla produce en abundancia, se activaron loa incendios, y la roja aureola del volcán quedó echpsada por las llamas devoradoras que consumían la Palermo romana, sus templos, sus basílicas, sus termas, sus palacios. A algunos niños y niñas de los más lindos los perdonó el cuchillo; se reservaron para el cautiverio y la venta en África. En este n ú m e r o se contó Oliva, cristiana, de trece años, de familia ilustre. Lleváronla á Túnez con la argolla al cuello. Túnez era un emporio comercial, una colonia romana que acababa de someter á su ley Genserico; y al gobernador de la plaza, por mejor bocado, le presentaron la sicilianita. Quiso él convertirla al arrianismo, ó tal vez, con mayor empeño, á la impureza; Oliva resistió; la azotaron, paseándola por calles y plazas d e s n u d a de medio cuerpo (pena muy común en aquella época, y que se conservó en toda su barbarie hasta entrado el siglo XVIII) y fuese que la dejasen por muerta, fuese que su tierna edad infundiese alguna compasión, en lugar de degollarla ó de volverla al calabozo, la soltaron en un bosque inmediato á Túnez, pensando sin dada que las fieras completarían la obra de los hombres. JJagada y exánime, consiguió Oliva arrastrarse hacia u n manantial; apagó la sed, refrescó sus heridas que escandecían, y cayó en un profundo letargo. Cuando pasada ya la noche volvió en sí, notó una alegría misteriosa, inmensa. Estaba sola, en el seno de la naturaleza dulce y amiga. Corría el mes de Abril; el sol no había podido aún desecar los campos, y las praderías ostentaban todo el intenso verdor y la rica y caprichosa florescencia que en aquellas comarcas pierden en Junio. E n Túnez, en tal estación, sorprende la abundancia de flores; á millares esmaltan la hierba menudas y apretadas, como se ven en los fondos de los tapices góticos. Háilas blancas: la campánula, el lirio, la biznaga, llamada umbela, sobre cuyo nevado seno brilla una gota de sangre; la manzanilla, la rosa silvestre. Háilas amarillas: el narciso, la cicuta, el trébol, pero especialmente las hay azules, color del inmaculado firmamento de África y Sicilia; azules como el cielo á que Oliva aspiraba. Su alma de niña se inundó de gozo á la vista da m sz.