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muy espetada, al ver que yo decía algunas veces rediez y cuerno y otras palabras que tengo la costumbre de usar, se empeñó en que no había de decirlas porque sus hijos no tuviesen ocasión de aprenderlas, y aun pretendió enseñarme algunos vocablos finústicos y relamidos, á los que nunca pude acostumbrarme, porque ya soy muy natural y muy llana y me gusta llamar al pan, pan, y al vino, vino, como Cristo nos enseña. Con todo esto, si yo hubiera podido llevar las cuentas de la casa y sei una especie de ama de llaves, para descanso de mi nuera, á quien gustaba mucho pingonear por las calles, iseguramente no me hubiera ella tomado tanta ojeriza; pero llegó al extremo de no, dejarme salir de un cufirtucho sin ventana que me habían destinado, porque decía tener asco y repugnancia de que yo anduviera por la cocina. ¡Ya ve usted, repugnaiicia de mí, que soy más limpia que los ampos de la nieve! Sin embargo, todo lo llevé con paciencia por mi hijo y. por mis nietos y por no volverme otra vez á mi casa de Villaquiets, pero un día entré en la sala á referir á mi nuera. cierta diablura (ie los niños, cuando me la encontré que estaba hablando con dos señoronas muy peripuestas. con sombrero y plumas. Tan pronto cómo me vio mi nuera, sin dejarme replicar, me dijo con mucha altanería: -Vaya usted á sucuarto y ño salgade él, porque y i le tengo dicho que habiendo visita no quiero que venga pOr aquí. Jío había hecho yo más que salir de la. sala, cuando oigo que mi nuera dice á las señoronas: -Esta vieja es la madre de la cocinera, que á Madrid ha venido á que la vean los médicos y se hospeda, por desgracia, en mi casa. En seguida me volví furiosa y á gritos repliqué: -Ni soy madre de la cocinera ni tuya tampoco, ni ganas, sino que soy madre del amo de esta casa, que es mi hijo Eamón; pero ya que te avergüenzas de mí, esta misma tarde me marcho á Villaquieta, á mi casa, donde yo soy el ama y no me gruñe nadie. Oon lo cual ella quedó corrida y yo desahogada, y me vine al pueblo, como le dije; pero antes quise despedirme de, otra hija que tengo en un convento dé monjas, Aquélla salió á recibirme á través de unas celosías; me habló, con tor. o frío y místico; me aconsejó que fuese buena, que me encomendase á Dios; y, al toque de una campana, desapareció á lo lejos, sin darme siquiera conversación, qué es lo menos que se le puede dar a u n a rnadre. Ya ve usted, pues, cómo no puedo vivir con mis hijos, y cómo no me queda otra cosa que hacer sino esperar la hora de la nauerte. -Con efecto, respondí, veo que no tiene usted más hijos que éstos que ha plantado usted en el patio. -Ki aun esos; porque antes los regaba y cuidaba yo por mi mano y me daban todos sus frutos como me dan toda su sombra: pero ahora he de valerme de un vecino, que á carcbio de regarlos y podarlos se lleva más de la mitad de lo que producen, puesto que yo no sirvo ni aun para espantar los gorriones, qué se ríen de mí y en mis barbas se comen la fruta madura, dejándonos á media r 4 ción, No puedo servir á los demás, m tengo medios para que los demás me sirvan; por todo lo cual deduzco (bue, si morir es muy, triste, es, inás triste todavía vivir demasiado. (Esa es ía ley de la vidaJ De pedíme de la vieja, agradecí su cortesía y salí de allí pensando que aquella, rústica mujer había coincidido con aquel célebre filósofo de la antigüedad que dijo: iCuán triste sería la vida ai no existiera la muerte! RAFAEL TORRÓME DIBUJOS DE AI. BEKTI