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LA LEY DE LA VIDA EGEESABA yo de caza una tarde t a n sediento y fatigado, que antes de llegar al pueblo adonde iba, y distante de él como un kilómetro, me detuve ante cierta h u n i ü d e casa p a r a que en ella m e dieran de beber y ocasión de reposar. Llamé á la puerta, que estaba cerrada, y al momento salió á abrirla y recibirme una anciana que, como si me conociera y adivinase mi necesidad, me dijo al verme: -E n t r e usted, señor; entre y siéntese donde guste. Díjela yo lo que deseaba y m satisfizo mi sed con presteza y curiosidad, pero sin dejar de hablar un momento, en tanto que yo miraba aquel rostro suyo que parecía de estrujado pergamino, á fuer de amarillento y rugoso; su pelo, blanco y enmarañado, como de lana; y su cuerpo, enjuto y derecho y cubierto de limpísimos guiñapos. -Aquí m e tiene usted- -dijo la v i e j a- -viviendo completamente sola, contenta y en espera de la hora de la muerte. Como ya soy muy anciana y n a d a t e n g o que hacer en este mundo, aguardo con tranquilidad el momento de marcharme al otro, lo cual sospecho que suceda antes de que termine el año. Observé tal naturalidad en est a s expresiones, t a n t o despego hacia la vida é indiferencia por la muerte, y u n sentido tan frío é im, parcial de las cosas del mundo, que permanecí absorto, mirando á la vieja, sin saber qué decirla. -Yo, señor- -añadió la anciana, -soy -dueña de esta casa en que vivo, y no tengo en ella más parientes que estos árboles del patio, que son mis hijos, porque yo los h e plantado. ¿No tiene usted m á s hijos que éstos? -Ab, sí, señor; tengo un hijo y dos hijas, pero lejos de aquí. ¿Por qué no vive usted acompañada de alguno de ellos? -Pues verá usted Estuve viviendo algún tiempo con mi hija Basilisa, que es la mujer del g u a r d a de una dehesa que está en aquellos montes que d e s d e aquí se v e n azules. Tienen una humilde casa entre aquellas altas b r e ñ a s y peñascales, y m á s que del jornal, que es mezquino, viven de lo que caza Tomás, que así se llama el marido de mi hija. Cuando llegué á su casa, Basilisa me recibió con alegría, sus hijos con extrañeza y Tomás con disgusto; pero como ella pensaba tener en mí quien la ayudara, los niños quien los divirtiese y el amo de la casa quien cuidase de los cerdos, no me pusieron muy mala catadura en u n comienzo. Sin embargo, cuando vio mi hija que mis m a n o s temblaban demasiado para coser, los niños que mi voz era harto desabrida para cantar, y mi yerno que mis piernas se movían incierta y perezosamente al andar, comenzaron todos á dolerse del pan que yo comía y á m i r a r m e con p e o r e s ojos que á u n a muía coja. Sucedió al fin que u n día, estando á la p u e r t a de la casa m e r e n d a n d o uno de mis nietecitos, cruzó por allí el perro hambriento de u n cosario y arrebató á la criatura el pan que tenía entre las manos. A los gritos del niño acudió el padre, mientras que yo, alzando mi cayado y con pasos inciertos y temblones, intenté alcanzar al perro inútilmente para castigar su ratería; pero Tomás, en vez de agradecer mis buenas intenciones, me dijo con desabrimiento: -Deje al perro, seña Bernarda, que al fin y al cabo el animal no ha hecho m á s que lo que usté hace, que es comerse el pan de mis hijos. -íío me lo dirás dos veces- -le respondí yo; -y cogiendo el hato, sin despedirme de mi hija, m e vine á Villaquieta. L a pobre Basilisa, que me quiere y es buena, logró con ruegos y súplicas que me llevase consigo mi hijo Kamón, el que tengo en Madrid, y con este motivo escribióme una carta y m e fui con él á la Corte. Mi hijo R a m ó n ha vivido desde muy niño separado de mí; aprendió á ayudar á misa, fué monaguillo, le protegió el cura, y ahora es empleado del Banco de España, y habla mucho de Bolsa y de bolsillo, por lo cual yo creo que debe tenerlo muy repleto. Allí m e recibieron con mucha alegría, especialmente mis nietecitos, porque los nifibs de las ciudades son más cariñosos que los de los pueblos; pero mi nuera, que es una señoritinga